Tiempo Ordinario – Ciclo A

Decimo-Quinto Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A

19 julio 2017

Reflexionando sobre Matthew 13: 1-23

Palabras, palabras, palabras.  A diferencia de Eliza Doolittle, a mi nunca me cansan las palabras.  Las adoro- palabras gordas, palabras flacas, palabras chistosas, y mis favoritas, palabras encantadoras.

Los palos y las piedras pueden rompernos un hueso, pero las palabras siempre nos pueden sanar.  Y como la lluvia que cae y nunca regresa al cielo sin haber nutrido la tierra, una palabra a tiempo y bien dicha a un niño del siglo pasado todavía está dando fruto en este siglo.

Una palabra bondadosa es como la semilla fecunda en la parábola de Jesús.  Simplemente sigue dando cosecha tras cosecha.  Ahora, en la mitad del verano, cuando los cultivos crecen y crecen sin parar- y al par crece la siempre fértil maleza- es una acción santa recordar las palabras buenas que han sido plantadas dentro de nosotros a través de los años, y como esas palabras nunca han dejado de protegernos y darnos sombra de las palabras feas y malvadas que han viajado a su lado en nuestros corazones a través de nuestras vidas.

He aquí unas palabras que me fueron dichas en algún punto de mi vida que me son tan deliciosas hoy como lo fueron hace décadas cuando por primera vez las escuche:

¡Ja!  Eres muy graciosa.

Eres mi mejor amiga.

Cuéntanos otra vez esa historia.

Te amo.

¿Te casarías conmigo?

También hay, por supuesto, palabras dolorosas, palabras criticas, pero esas palabras que al principio te lastiman como maleza también a menudo pueden comportarse como semillas fecundas.  Así es el misterio de la gracia de la humildad; si estamos abiertos a recibirla, puede producir también un excelente fruto.

¿Todavía estás hirviendo por una palabra dolorosa que te dijeron hace mucho tiempo?  Pídele a Dios que te traiga a la memoria los cientos de palabras fructíferas que también han ayudado a formarte.  El amor triunfa sobre la maleza.

¿Cuáles son algunas de tus palabras favoritas que te hayan dicho en tu vida?

Kathy McGovern ©2017

Kathy McGovern © 2014-2015

Decimo-Cuarto domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A

8 julio 2017

Reflexionando sobre Matthew 11: 25-30

Mi insignificante caminata de seis cuadras parece ser de seis millas cuando lo hago en la hora más caliente del día, que parece ser a todas horas.  Siempre comienzo tempranito en la mañana, con una chaqueta ligera y una botella de agua.  Después de tres cuadras ya traigo la chaqueta amarrada a la cintura, y para cuando llego a la casa la botella de agua parece pesar toneladas.

Mi fantasía siempre es la misma, que mi esposo me acompañe en su bicicleta y cargue la chaqueta y la botella, y finalmente me cargue a mí hasta la línea de meta.  De alguna manera siempre me las arreglo para terminar- este poco ejercicio que es- pero nunca lo he hecho sin desear que alguien viniera conmigo para hacerlo más fácil.

Que carga tan pesada llevaban los judíos en los tiempos de Jesús.  Trabajaban largas horas bajo el sol del desierto, y una gran porción de lo que ganaban iba directo a los romanos.  También se encontraban agobiados con las cargas de la ley mosaica, la cual había sido recibida con mucho gozo siglos antes en el Monte Sinaí, pero ahora se había convertido en imposible de cumplir por causa de todos los cientos de adiciones y legalidades que se le fueron agregando con el paso del tiempo.

Qué alivio tan enorme fue el evangelio para los discípulos, y para todos aquellos de nosotros que llevamos cargando demasiadas cosas encima.  En el calor del verano es mejor viajar a lo ligero, y no hay nada más ligero que el yugo del perdón y el amor incondicional que Jesús quiere poner en nuestros hombros, mientras que remueve el peso del remordimiento y el arrepentimiento.

¿Estás agobiado por llevar una carga muy pesada y ruegas a Dios que te dé alivio?  Yo oro para que el Cuerpo de Cristo esté de camino hacia ti, justo a la vuelta de la esquina, listo para cargarte, a ti y a todas tus cosas, para cruzar la línea de meta.

¿Cómo ayudas a aquellos que llevan grandes pesos encima a llevar sus cargas?

Kathy McGovern ©2017

Kathy McGovern © 2014-2015

Decimo-Tercer domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A

1 julio 2017

Reflexionando sobre 2 Kings 4: 8-11, 14-16a

¿Podré hacer algo por ella?  Me encanta esto.  Elíseo visita a esta familia tan a menudo que la “mujer de influencia” (también esto me encanta) arregla un cuarto para él en la azotea, con una cama y una mesa, y apuesto a que también una fruta y un panecito para la mañana.

Elíseo, quien es muy bien conocido, y tal vez, está un tanto acostumbrado a estas delicadezas, ve a esta mujer bondadosa tal por lo que es- llena de gracia, atenta, trabajadora- y se pregunta si hay algo que podrá hacer por ella.

¿Alguna vez te ha sorprendido la bondad de alguien que te vio por lo que eres, y realmente comprendió el esfuerzo que tú haces por mantener a los demás cómodos?  Tanto de lo que hacemos en la vida es invisible a todos menos a Dios.  Esa atención extra que el ingeniero pone en construir ese puente para que no solamente sea adecuado, sino realmente seguro, me viene a la mente.  Nadie se fija en la manera en que él revisa tres veces las cosas para que estén bien, pero la vida es mejor porque él lo hace.

Yo tengo un oncólogo quien es meticuloso, tan amoroso en el cuidado que les da a sus pacientes que bromeo con él y le digo que tal vez después de salvar mi vida también puede cambiarle el aceite a mi auto.  ¿Qué podré hacer por él?   Siempre me pregunto.

Me encantan las personas en este mundo que ven a otras personas luchando contra alguna enfermedad mental y dicen, “¿Podremos hacer algo por ella?”  En muchas parroquias existe un puesto en el personal que se dedica a fijarse en las necesidades de las personas que están confinados en casa, los inmigrantes, las familias jóvenes que batallan para ajustarse a la vida con un nuevo bebe en casa, y se preguntan, “¿Podremos hacer algo por ellos?”

¿Y tú qué?  ¿Podremos hacer algo por ti?  Dios quiere saber.  Todos queremos saber.

¿Alguna vez te has fijado en alguien, y has actuado inmediatamente para ayudarles?

¡FELIZ DIA DE LA INDEPENDENCIA A TODOS!  QUE DIOS BENDIGA A ESTADOS UNIDOS

Kathy McGovern ©2017

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Décimo-Segundo domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A

28 junio 2017

Reflexionando sobre Jeremías 20: 10-13

Oh, Jeremías.  Usualmente te comprendemos.  Te oyes justo como nosotros nos oíamos cuando teníamos más o menos quince años.  En ese entonces sabíamos que cada una de nuestras palabras, cada comportamiento, estaba siendo juzgado por nuestros “amigos” y usado como tema de conversación en la fiesta de piyamas a la que no fuimos invitados.  Como duelen los recuerdos todavía.

Tú eras un hombre joven, tal vez hasta un adolecente, cuando escribiste, “Todos los que eran mis amigos ahora están buscando una mancha en mí.”  Resulta que no eras un paranoico.  Tus amigos ESTABAN hablando de ti a tus espadas.  Ellos hablaban de tus advertencias proféticas acerca de la destrucción de Jerusalén, y hablaban del pasado recordando como SIEMPRE estuviste adicto al drama, SIEMPRE te preocupabas demasiado, SIEMPRE buscabas toda la atención.

Sí, tú tenías razón y ellos estaban equivocados.  Y tu oración- tan llena de la dolencia de una persona joven- fue contestada.  Ellos murieron, y tú viviste.  Pero apuesto a que, el ver a tus amigos ser torturados y asesinados, o tomados en cautiverio, no fue tan placentero como tú creías que lo sería.  Apuesto a que le rogaste a Nabucodonosor que los liberara.  ¿Pero él no era el tipo razonable que habías esperado que fuese, o sí?

Probablemente no habías escuchado todavía el salmo responsorial de hoy, ya que ese salmo no tomaría su forma final hasta que no regresasen a Jerusalén  los nietos de aquellos que fueron sacados a la fuerza ese día.  Déjame te lo recuerdo ahora: El Señor escucha a los pobres, a aquellos que son suyos él no los olvida. (69:33).

Es una bendición ser pequeño.  Es una bendición ser humilde.  Ese tipo de pobreza nos pone directamente en el centro del corazón de Dios.  Que suertudo eres tú.

¿Qué recuerdos tienes del gran amor de Dios durante algún tiempo donde te estaba haciendo humilde?

Kathy McGovern ©2017 

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La Solemnidad del Santisimo Cuerpo y Sangre de Cristo – Ciclo A

17 junio 2017

Reflexionando sobre John 6: 51-58

La historia que me contó mi amigo John de cuando iba a los juegos de futbol americano con su papá me viene a la mente cada año durante este día de fiesta.  “Nunca dejaré de comprar mis boletos de temporada.  Voy a todos los juegos.  Es el lugar donde mi papá y yo tenemos nuestras mejores conversaciones.”

Su papá falleció hace treinta años.  Cuando John estaba chico, él y su papá disfrutaban todos los rituales del Día del Juego- la misa, el desayuno, conducir hacia el estadio, encender el asador, hamburguesas, y futbol americano.  Conversaban, y comían, y compartían los triunfos y las humillaciones del juego.  Y la siguiente semana, si el equipo estaba en casa, lo hacían todo de nuevo.

John sufrió muchísimo cuando su papá falleció en la primavera de 1990.  Él era su mejor amigo.  Habían construido tantos recuerdos.  Nunca más lo volvería a ver.

Excepto, por supuesto, los domingos por la tarde, en el sol y el viento y el frio, y en los hot dogs y la cerveza, y en las porras y en los abucheos, y en los recuerdos que son tan reales que John siente que su papá está allí al lado de él durante cada juego.  Él va a ver a su papa, para realmente sentir su presencia.

Existen muchas cosas que activan nuestros sentidos y nos pueden transportar.  Piensa en el humo de una pipa.  ¿Puedes olerlo?  Yo sí puedo, y de repente mi abuelito está conmigo.  Una canción de los Beach Boys en un día de verano puede traernos a nuestros amigos de la infancia hasta donde estemos.  Estas señales hacen que el Pasado esté realmente en el Presente.

Como católicos, nosotros entendemos eso.  Cada domingo nos ponemos en la actitud de Recordar a Aquel que nos amó hasta su muerte.  En la Eucaristía el Pasado Amado se convierte en una Presencia Real.  Esta es la fiesta que nos dice quienes somos.

¿Cuáles experiencias sensoriales te traen al pasado de vuelta?

Kathy McGovern ©2017

 

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Solemnidad de la Santisima Trinidad – Ciclo A

12 junio 2017

Reflexionando sobre 2 Cor. 13: 11-13

 Realmente fue un golpecito pequeño en la defensa del auto.  Yo iba en la rampa para  entrar a la autopista, y pues como que dudé.  (En este momento estarás pensando en como detestas  cuando los otros conductores dan toda indicación de que van a arrancar y no lo hacen.)

Y que me pega por atrás.  Furioso, salió de su camioneta y se vino corriendo hacia mi auto, gritando lleno de frustración.  Unas cuantas palabrotas después se puso a hablar por teléfono, llamándole a la policía.

Entonces le pregunte a quien pensaba que le iban a dar la multa.  “Ya lo sé,” me dijo.  “Me la van a dar a mí porque yo te pegué por atrás.”  Como ninguno de nuestros autos fue dañado, le pregunté si no podría llamarles otra vez y decirles que ya habíamos arreglado las cosas entre nosotros y que continuaríamos nuestros caminos para no seguir obstruyendo la rampa.  “No,” me dijo, ya mucho más calmado, “es la ley.  Necesito reportar esto.”

Mientras que el oficial obtenía nuestra información le pregunté- para ahora ya nos hablábamos por nuestros nombres de pila- si podría decirle al oficial que yo no quería que le dieran multa ya que iba TAN DESPACIO que ninguno de los dos sufrimos daño ni fuimos lastimados cuando me pegó.  “¿Harías eso?” me preguntó.

Fue tan fácil.  El oficial estuvo de acuerdo que había sido tan pequeño el incidente que no se requería de una multa.  Y el tipo que estaba gritando hacía un rato me dijo, “Kathy, lo siento.” Y dos extraños se abrazaron en la rampa y siguieron sus caminos para tener, ciertamente, un muy lindo día.

Pónganse de acuerdo unos con otros.  Vivan en paz.  Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes.

¿Qué oportunidades aprovechaste esta semana para traer paz a tu mundo?

 

Kathy McGovern ©2017

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Octavo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A

27 febrero 2017

Reflexionando sobre Matt. 6: 24-34

Lo que más me deleita de la naturaleza es el hecho de que estamos tan inconscientes de ella.  Cada primavera- y me estoy adelantando por un par de meses, lo se- hasta grito de placer de ver a los pajaritos que hacen sus nidos en las coronas que cuelgan de las puertas, en las canastas de las bicicletas, y hasta en un zapato viejo que ha sido olvidado en el porche.

¡A!  Miren las aves que vuelan por el aire.  No pagan renta, ni llenan cuestionarios financieros.  No dan referencias, y aun así hacen sus hogares en las ventanas de tu dormitorio y ni siquiera se fijan en todos tus niños y parientes que se asoman maravillados a contemplar como ponen sus huevitos y los incuban hasta que los polluelos salen del cascaron, y luego alimentan a esos PRECIOSOS bebes con todo tipo de lombrices asquerosas que aparentemente vivían en tu patio, y les enseñan, de alguna manera, a volar del nido.  ¡Y dejan el nido hecho todo un desastre y no pagan deposito por daños!

Así que, ¿Qué saben ellos que nosotros no sabemos?  Ellos saben lo que nosotros hemos olvidado, lo cual es que Del Señor es el mundo entero, con todo lo que en él hay, con todo lo que en él vive.  (Salmo 24:1).

Nosotros vemos nuestros rascacielos y nuestros semáforos y símbolos de la civilización y la orden.  Los pájaros los ven como lugares perfectos para hacer un hogar, y construir nidos complejos y poner sus huevitos para que nazcan sus pajaritos ahí arriba de las marquesinas alumbradas de Times Square.

Jesús quiere que alcemos la mirada y recordemos lo que alguna vez supimos, antes de la Caída, antes de que comenzáramos a acaparar y dividir en pedazos la tierra y llamarlos nuestros.  Hay suficiente sol, y semillas, y lluvia para alimentar al mundo.  Nuestro Padre Celestial sabe lo que necesitamos.  ¿Y nosotros lo sabemos?

¿Cómo enmascara lo que quieres a lo que realmente necesitas?

Kathy McGovern ©2017

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Séptimo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A

18 febrero 2017

Reflexionando sobre Matt. 5: 38-48

La estrategia tradicional para responder a las palabras de Jesús acerca de decirle no a la violencia es, por supuesto, olvidarse de que lo escuchamos y seguir con nuestra propia estrategia.   Pero seamos valientes e intentemos comprender.

En un proyecto de investigación de hace unos años, se les daba a los participantes un pellizco en los dedos, entonces se les pedía que pellizcaran a su compañero con la misma intensidad.  Todas las veces, el primero en ser pellizcado ejercía más presión a su compañero de lo que ellos mismos habían recibido.  ¿Por qué?  Porque el dolor que se siente es siempre más que el dolor que se da.  Por eso la violencia siempre escala.

Aquí está un ejemplo que tal vez llegue más al punto.  Pasas junto a un grupo de amigos y oyes tu nombre en su conversación.  Bueno, tal vez (pero muy poco probable) están de echo hablando acerca de que has subido de peso, o comentando del proyecto de ciencias en donde tu hijo hizo trampa, o de que ya no te presentas en la clase de yoga.  Pero si mides la cantidad verdadera de malicia en sus corazones hacia ti (diminuta) no sentirías ni una pizca de la cantidad de enojo que sientes por tan solo haber oído tu nombre en una conversación en la cual no estás presente.  El dolor que se siente es siempre más que el dolor que se da.

Jesús sabe lo débiles que somos.  Él sabe que las demandas y las pequeñas batallas escalan hasta convertirse en guerras porque no podemos diferenciar entre el dolor verdadero (pequeño) y el dolor que experimentamos (grande).  Una vez que entramos en shock, no podemos recordar que fuimos nosotros los que lo iniciamos.  Es rara la persona que es lo suficientemente humilde para admitir que el daño es pequeño, y que la probabilidad de que ella misma sea responsable de alguna parte en el es grande.

Oren por sus enemigos, nos dice Jesús.  ¿No sería sorprendente enterarte de que tú eres el “enemigo” por el que otra persona está orando, también?

¿Alguna vez has contemplado algún conflicto del pasado y te has dado cuenta de que tú eras el villano?

Kathy McGovern ©2017

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Sexto Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A

15 febrero 2017

Reflexionando sobre Matthew 5: 17-37

Me imagino esta conversación entre Jesús y alguna gente en la Marcha de Mujeres en Washington D.C.

Jesús:  Ustedes han oído que se ha dicho, “Los derechos de las Mujeres son Derechos Humanos.”  Pero yo les digo, “!Si!  Las atrocidades cometidas en contra de las mujeres son la lepra de la historia.  Ustedes han llevado a la luz publica muchas de estas atrocidades, como el pago igual por trabajo igual, pero aun hay más.  Pónganle fin al trafico sexual.  Lleven a la banca rota a la industria pornográfica, la cual pone en peligro a las mujeres y cambia el cerebro de los hombres que la usan.  Pónganle fin al abuso domestico en todas partes.  Póngale fin al secuestro de niñas y mujeres a manos de grupos como Boko Haram y otros.  Aseguren una buena educación para cada niña del planeta.  Eso los mantendrá ocupados.

Y luego imagino esta conversación en la misma ciudad durante la Marcha por La Vida la próxima semana.

Jesús:  Ustedes han oído que se ha dicho, “La vida comienza en la concepción.”  Y yo les digo, “!Si!  Y termina en la muerte natural.  Redoblen los esfuerzos- y ya han tenido brillantes y creativos comienzos- para proveer cuidado prenatal y partos de primera clase para todas las madres.  Asegúrense de que sus familias tengan comida nutritiva y hogares buenos y seguros.  Continúen la educación acerca de servicios de adopción.  Usen sus vidas para levantar a aquellos que son pobres  Protejan el ambiente.  Y nunca, nunca dejen que una persona anciana se sienta que tiene la obligación de morirse.  Eso los mantendrá ocupados.”

Pero Señor,”  Oigo a los dos grupos que protestan, “!estás pidiéndonos los imposible!  Necesitaríamos mucha más gente por todo el mundo que comprometa sus vidas a estos problemas irresolubles.  ¿Por qué no dejamos que los resuelva la siguiente generación?”

“¿Cuál siguiente generación?  USTEDES son la luz del mundo,” les dijo.  “Vayan y prendan fuego a la tierra.”

¿Cómo estás trabajando para resolver un problema irresoluble?

Kathy McGovern ©2017

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Quinto Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A

8 febrero 2017

Reflexionando sobre Matthew 5: 13-16

¿Tú también lo sientes, o solo soy yo?  Siento un cambio en mi mundo, un cambio fragante de amabilidad radical, de bondad radical, de consciencia radical de la manera en la cual nuestras vidas pueden ser usadas en servicio del evangelio de misericordia y gracia. Ya tiene tiempo que me pasa, creo que varios años.

Una de las maneras en la que lo he experimentado es en la gentileza que me recibe cuando viajo.  Tengo una deseabilidad mínima, una cadera que ha sido remplazada varias veces.  Pero en el instante que llego al aeropuerto parece haber siempre un bondadoso empleado listo con una silla de ruedas, quien amablemente me cruza por el área de seguridad y cortésmente me lleva hasta mi puerta de embarque.  Y cuando llego a mi destino la aerolínea ya ha solicitado a otro portero amable que me espera para llevarme al área de transportación en tierra que sea accesible a discapacitados.

Mi eternamente atento esposo Ben arregló para que me trajeran una silla de ruedas para nuestra fascinante (y perturbarte) visita a la isla de Alcatraz.  Los dos nos sentimos profundamente conmovidos al ver al numero de desconocidos que se lanzaron para ayudarnos a empujar la silla de ruedas por las empinadas subidas.    Hay algo que está en marcha.  Yo creo que es un tsunami de bondad, y sus venas son la raza humana.

Espero que no solo sea yo.  Espero que también tú sientas esta ola cálida de bondad intencional que parece estar obteniendo mucho impulso alrededor de todos nosotros.  ¿La Sal de la tierra?  Estoy rodeada de gente inteligente, gente generosa quienes dan de sus energías y experiencia para poder hacer de este mundo un lugar más bueno, más gentil.  ¿La luz del mundo?  Necesito gafas de sol, el deslumbre de bondad es tan brillante.

El amor es amor es amor es amor.  Espero que te estés ahogando en el.

¿En que maneras estás viviendo en bondad intencional?

Kathy McGovern ©2017

Kathy McGovern © 2014-2015

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