Adviento – Ciclo C

Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo C

22 diciembre 2018

Reflexionando sobre Luke 1: 39-45

Recibí una de esas hermosísimas plaquitas de adorno que dicen CREE de parte de una amiga mía el otro día. Se ve tan hermosa, rodeada de tarjetas navideñas, y al lado de nuestra corona de Adviento alumbrada con todas sus velas encendidas. Ya no se trata de una sugerencia, no lo creo. CREE es un mandato, una orden absoluta de todo nuestro ser. El CREER nos coloca justo junto a María misma, quien CREYÓ que la promesa del Señor sería cumplida.

El primer Domingo de Adviento decidimos orar por un lector desconocido de esta columna, reconociendo que otro lector desconocido estaría orando por nosotros. Si por algún motivo no leíste esa reflexión, no es demasiado tarde. Imagínate ahora mismo, imagínate a alguien por ahí quien está leyendo esto. Esa persona necesita de tus oraciones. Esa persona puede haber estado orando por ti durante las semanas de Adviento que han transcurrido.

CREE que tus oraciones por ese lector desconocido están llegando hasta el cielo en este mismo instante.

Pero volvamos a María, su salida inmediata de Nazaret para ir a pie las noventa millas hasta la casa de Isabel es realmente fascinante. Debe haber sido muy allegada a su prima.  ¿No te da la impresión de que estaba tan emocionada por oír sobre el embarazo de su prima anciana al igual de estar fascinada por anunciar su propio embarazo?

Me pregunto si iba practicando por el camino como le iba a explicar a su prima estas noticias tan impresionantes (y capaces de cambiar el rumbo de la historia). ¿Se sentía nerviosa al entrar en la casa? Cualquier temor que pudo haber sentido salió por la ventana en el instante que llegó, porque el Juan aun-no-nacido reconoció al Jesús aun-no-nacido y saltó de alegría.

A, y por cierto, ya jamás tendremos que preguntar de nuevo en que momento comienza la vida.

¿En qué forma has sentido las oraciones que ha estado haciendo aquel lector desconocido por ti?

Kathy McGovern ©2018

Kathy McGovern © 2014-2015

Tercer Domingo de Adviento – Ciclo C

15 diciembre 2018

Reflexionando sobre Phil.4: 4-7

El deporte olímpico que yo practico es el de preocuparme. Soy la mejor que ha jugado este juego. En particular, lo que hace que yo sea tan versátil es que en el momento en que se resuelve una de mis preocupaciones, inmediatamente puedo saltar a la otra, y luego a la otra. Es una manera arrogante de vivir, si te pones a pensar.

Nunca me detengo a agradecer cuando una de mis preocupaciones se resuelve. Inmediatamente llamo a la que sigue en la fila y comienzo a masajearla, marinarla, ponerla a hervir en una mecha eternamente tibia. Busco todas las maneras posibles de cómo podrían salir las cosas fatalmente mal. Estoy convencida de que depende de mí el que los planetas se queden clavados en sus orbitas. Cuando voy en un avión y la turbulencia comienza a sacudirlo, creo inmediatamente que tengo que meterme a la cabina y tomar control del asunto.

No se preocupen por nada, nos dice Pablo. ¿Qué no es muy fácil para él decirlo? Bueno, veamos. Antes de que lo encarcelaran en Roma (donde fue escrita esta carta, más o menos en el año 62), Pablo había sufrido un naufragio, lo había mordido una serpiente, había sido apedreado, y abandonado a morir en las prisiones de Cesárea y Efesios. Después, el extremadamente inestable Emperador Nero de Roma comenzó su persecución de la naciente iglesia dos años después de que Pablo fue encarcelado ahí.

Un día—¿o quizá una noche?—los guaridas romanos sacaron a Pablo de su celda, y lo llevaron al lugar donde llevaban a cabo las decapitaciones.  ¿Acaso tembló de miedo en este momento? ¿Se había preocupado por su muerte durante todos los años antes de que le llegara el día?

Esto sí sabemos: cuando estaba encadenado en Roma, San Pablo nos exhortó a orar, y a dar gracias, a pedirle a Dios lo que necesitemos. Y después, nos prometió que la paz de Cristo nos protegerá. Te apuesto que a él lo protegió.

¿De qué manera la ansiedad me roba la paz?

Kathy McGovern ©2018

Kathy McGovern © 2014-2015

Segundo Domingo de Adviento – Ciclo C

11 diciembre 2018

Reflexionando sobre Bar. 5: 1-9

Vaya caravana migrante, esas decenas de millones de personas quienes, regocijándose de que han sido “recordados por Dios,” regresarán a Jerusalén “enaltecidos de gloria.” Veamos. Estarían los miles que fueron deportados de Israel por los asirios  (772 AC). Después de ellos vendrían los cientos de miles guiados a pie por sus enemigos fuera de Jerusalén por el rey Nabucodonosor  (597-587 AC). Luego, los millones que fueron expulsados, y a quienes se les negó la entrada a Jerusalén por los romanos (132 DC).

Y solamente hablamos de los hebreos, durante la corta ventana de tiempo entre la invasión asiria y la deportación final a manos de los romanos.  ¿Podríamos tan solo imaginarnos la cantidad de seres humanos quienes han sido echados de sus tierras, asaltados y desnudos, y obligados a comenzar de nuevo en una tierra extranjera rodeados de gente desconocida?

Así han sido las cosas en este mundo a través de la historia. La miseria y la perdida engendran miseria y perdida. En nuestros propios tiempos, el sufrimiento de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial llevó a la anexión de grandes porciones de tierra que los palestinos habían poseído por siglos. Los israelitas sacaron a los palestinos, y la culpabilidad colectiva que sentía el occidente por causa de las atrocidades del

Holocausto creó un espacio en donde la justicia para los palestinos fue atropellada por la necesidad de crear una patria para los judíos de Europa quienes fueron las victimas que sobrevivieron.

Todos esos refugiados algún día retornarán, dice el profeta Baruc. Se trata de muchas montañas que deberán ser allanadas, muchos cañones ancestrales que deberán ser rellenados. Es un trabajo enorme para cualquier creyente, la tarea gigantesca y profética de construir paz duradera en el mundo. Todo comienza y termina en Jerusalén.

¿Cuáles de tus propias perdidas serán restauradas cuando Jesús venga de nuevo lleno de gloria?

Kathy McGovern ©2018

Kathy McGovern © 2014-2015

Primer Domingo de Adviento – Ciclo C

1 diciembre 2018

Reflexionando sobre Luke 21: 25-28, 34-36

El mundo moderno tiene muchas ventajas que no existían años atrás. Por ejemplo, la espera. Antes de que llegaran esos enormes cinemas a cada vecindario teníamos que comprar los boletos por adelantado, o esperar en largas filas para obtener un asiento en las estrenos de las películas. ¿Alguien recuerda a La Guerra de las Galaxias? ¿O que tal, más recientemente, el lanzamiento del libro más nuevo de Harry Potter?

Por otra parte, es bueno armarse de disciplina para obtener gratificación tardía en la vida. Por más doloroso que fuese, esperar el autobús, o que volviese nuestro programa televisivo favorito después de una larguísima pausa en el verano, el esperar formó en nosotros cierto carácter.

Ese carácter me viene siempre de gran uso, cuando tengo que esperar a que un medicamento funcione,  o esperar los resultados del medico.

Apuesto a que tú también pones a prueba ese carácter a diario. ¿Esperas poder bajar esos dolorosos kilos—te prometo que si los bajarás—o esperas noticias de un ser querido que esta desplegado, hospitalizado, o simplemente ausente de tu vida? Ese tipo de espera es realmente agonizante.

O tal vez tu larga espera se trate de vencer un resentimiento que te ha tenido preso por décadas. Mas probablemente, tu espera es para la sanación de un hijo que está en las garras de la depresión, o de algún vicio, o tiene problemas en la escuela. Esa es la espera más agonizante de todas.

Tengo una idea. Que tal si durante este Adviento, cada lector de esta columna alrededor del país orara por alguien más que está leyendo estas palabras en este momento? Vaya que esto si es esperar. No sabremos hasta que veamos a Jesús para quien estábamos orando o quien estaba orando por nosotros. ¿Listos? No puedo esperar.

¿Cómo quisieras que ese desconocido compañero de oración orase por ti?

Kathy McGovern ©2018

 

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Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo C

27 diciembre 2015

Reflexionando sobre Luke 1: 39-45

A veces no nos queda de otra que vivir entre la memoria y la esperanza.  Cuando María preguntó, -¿Cómo puede ser esto?-  El Ángel Gabriel recurrió a su memoria.  Ciertamente María recordaba las grandes historias de milagros en las escrituras, pero Gabriel tenía otra sorpresa.  -!Mira!- le dijo Gabriel.  –¿Recuerdas a tu prima Isabel, anciana y sin hijos?  ¡Está embarazada!  ¿Ves? Y Dios quien es todopoderoso hará ahora algo aun más grande.  ¿Participas?-

-Participo del todo.- contestó María.  Entonces – y no te pierdas esto- El Ángel se fue.  No hay ninguna evidencia de que el Ángel visito a María por segunda vez.  No cuando era una chica embarazada y soltera a punto de dar a luz en un Belén atiborrado de gente.  No cuando el profeta Simeón le dijo que una espada atravesaría su corazón.  Ni siquiera, O Dios, al pie de la cruz.  Ni siquiera entonces.

¿Has elegido recordar, aun en los momentos más oscuros, la cercanía de Dios a ti en el pasado?  Las palabras de Isabel a María también son para ti:  Bendita tú que CREES que las promesas del Señor serán cumplidas.

¿De que maneras vives tú entre la memoria y la esperanza?

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Kathy McGovern © 2014-2015

Tercer Domingo de Adviento – Ciclo C

13 diciembre 2015

Reflexionando sobre Luke 3: 10-18

“¿Que deberemos hacer?” preguntó la multitud que seguía a Juan en el desierto. Juan miró a cada uno de ellos y les dijo que cosa en particular les evitaba cumplir con la ley en sus propias vidas. “Dejen de hacer trampa.” “Dejen de extorsionar.” “Dejen de acaparar lo que tienen.”
Mmm. Me pregunto que nos hubiera dicho a nosotros. Imagino al Bautista encontrándose con nosotros, dirigiendo su fuego refinador hacia nosotros. Sospecho que oiríamos cosas como, “Dejen de estar ansiosos. Su Padre Celestial sabe lo que necesitan.” o, “Dejen de trabajar tan duro para proveer cosas. Sus familias los necesitan a USTEDES más que a las cosas.”

O tal vez, “Dejen de guardar resentimientos. Sus resentimientos los están agotando. Otros han superado injusticias mucho mayores de las que ustedes tienen que superar. Perdonen, y sigan con su vida. ¿O creen ustedes que estar herido los hace mas felices que ser sanados?”

Aquí te va una tarea para el Adviento: Imagínate que Juan el Bautista esta viendo dentro de tu corazón. ¿Qué te diría a TI que hicieras? Y aquí viene lo difícil: ¿Podrías hacerlo? La tercera vela de hoy (rosada para la esperanza) nos promete que lo puedes hacer.

¿Cuáles cambios estas haciendo para el año de la Misericordia?

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Segundo Domingo de Adviento – Ciclo C

10 diciembre 2015

Tuve un “momento” en la tienda de abarrotes el día antes de Acción de Gracias.  Aunque ya había estado comprando por toda una semana, todavía había una gran lista de artículos de ultimo minuto que debía recoger a las cuatro el miércoles en la tarde.  Estaba terriblemente frio afuera, y los carritos de mercado parecían carros chocones conducidos por sus apresurados operadores.   Nos escabullíamos unos entre otros.  Sonreíamos a fuerzas sonrisas estresadas mientras nos arrebatábamos los bollos y los bombones. 

Acaparé el ultimo ramo de flores de la hielera.  En mi jornada victoriosa a la cajera varias personas me felicitaron.  Se rieron.  Me reí.  Y luego nos dimos cuenta de que tan ridículo era todo esto, y de algún modo sentí que todos lo sentimos al mismo tiempo.

¿En serio?   ¿Me estresaba por la decoración de la mesa?  ¿Dónde estoy, en Siria?   ¿Irak?  ¿Afganistán?  ¿Mali? ¿Paris?  Colorado Springs? San Bernadino?

No creo haberme imaginado esto.  Creo que un momento de lo que solíamos llamar “gracia verdadera” fue desatado en la tienda, al menos en el área donde yo compraba.  La gente se relajo.  Se sonrieron y le desearon feliz Día de Acción de Gracias a extraños- esos abundantemente bendecidos conductores de carritos de supermercado, ninguno de los cuales tendría que estarse peleando por alojamiento en los abarrotados albergues esa noche, o quedarse parados en las calles congeladas con cartelones pidiendo algunas monedas.

Fue un Milagro de Acción de Gracias.  Un descanso, una paz, una inundación de verdadera gratitud pareció extenderse por toda la tienda.  O tal vez fue solamente en mi corazón.  Es donde la mayoría de los increíbles milagros comienzan.

Y ahora es Adviento, y el tan esperado Año de la Misericordia.  Habiendo sentido el resuello del Espíritu, pienso pasar este año atiborrándome de gratitud, y cediéndoles a otros el ultimo ramo de flores.

¿Cómo piensas celebrar el Año de la Misericordia?

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Kathy McGovern © 2014-2015

El Primer Domingo de Adviento – Ciclo C

28 noviembre 2015

La temporada que esperamos todo el año por fin llego.  Los purpuras, y rosas, el olor a los pinos, los cantos de Adviento, la oscuridad, las hermosas lecturas, y todo el deleite sensorial que es el Adviento por fin llego.  Disfrutemos cada delicioso minuto de esta corta y profunda temporada.

Pero antes de quemar la vela demasiado, tomémonos un minuto para considerar las incontables maneras en las cuales al-que-tanto hemos esperado, a quien añoramos el PASADO Adviento, se ha manifestado en nuestras vidas durante las últimas 52 semanas.

Diciembre:              El Adviento y la Navidad, esperar el futuro

Enero:                      La Epifanía

Febrero:                 Comienza de nuevo la Cuaresma

Marzo:                     Semana Santa, con su interminable Gracia

Abril:                       Pascua, los bautismos y Primeras Comuniones y Confirmaciones

Mayo:                      ¡Primavera!  ¿Recuerdas que hermosa fue?

Junio:                       ¡Verano!

Julio:                        ¡Días de Campo!

Agosto:                    Montar en bicicleta, y días de fiesta, y regreso a clases

Septiembre:            El Verano Indio tan glorioso.  Gracias, Dios

Octubre:                  El misterio de la muerte

Noviembre:             Los Santos, y dar gracias

Y regresamos a las velas de Adviento.  Ven, Señor, Jesús, y danos ojos para siempre ver tu presencia.

Tomate diez minutos para repasar tu año desde el último Adviento.  ¿Puedes ver a Cristo por allí?

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Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo C

26 diciembre 2012

Reflexionando sobre Luke 1: 30-45

El año pasado por estas fechas les comenté de la Hermosa canción sobre  La Visita, la cual narra el encuentro de María con su prima Isabel (y su hijo por nacer Juan el Bautista). He recibido más comentarios en la red sobre esta canción de los que nunca antes he recibido en tres años y que acompañan hoy esta columna. Con gratitud la ofrezco otra vez, con la autorización de la hermana Miriam Teresa Winter de orden de las Hermanas Médicas Misioneras.

Ella caminaba en el verano, bajo el calor de la montana.

Caminaba presurosa como quien una mision debe cumplir por la manana.

Danzaba a la luz del sol cuando el día se había apagado en pleno.

Su corazón no conocía el atardecer. Llevaba el Sol en su seno.

Fresca como una flor al primer rayo del amanecer

Visitó a su prima, cuya mañana habia visto desaparecer.

Y el niño en el anciano seno brincó

Y en cada anciano vientre una pequeña esperanza saltó.

Ave, hermanita que anuncias la primavera que cumple la ley.

Ave, madre valiente, que llevas gozosa a nuestro Rey.

Ave al Momento bajo tu pecho.

Todas las generaciones te llamarán bendita por este hecho.

Cuando caminas en el verano bajo el sol en la montaña

Te has hecho uno con el viento, y uno con la voluntad de Dios,

Alégrate del peso con el cual has sido bendecida.

Pues es el mismo Cristo al que llevas a todo lugar…

A todo lugar… a todo lugar.

Inscríbete hoy mismo y únete a la conversación.

Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! (Lucas 12:49)

Traducido por: Sylvia Gould

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Kathy McGovern © 2014-2015

Tercer Domingo de Adviento – Ciclo C

17 diciembre 2012

Reflexionando Sobre Luke 3: 10-18

Me gustaría imaginar lo que Juan el Bautista nos diría si nos encontrara haciendo linea en el Jordán. “Que deberíamos hacer?” preguntarle a la multitud que lo ha seguido hasta el desierto.

Juan miraría a cada uno y les diría que cosa en particular les esta impidiendo el cumplimiento de la Ley en sus propias vidas. “Deja de hacer trampas.” “No mas chantaje.” “Basta de acumular todo lo que encuentres.”

!Hum! ?Que es lo que nos diría? Imagina al Bautista saliendo a nuestro encuentro, dirigiéndonos su refinado bombardeo. Sospecho que escucharíamos frases como estas: “Deja de sentirte ansioso. Tu Padre celestial sabe perfectamente lo que necesitas.”

O tal vez esto: “Basta de trabajar tan arduo para obtener solo cosas. Tu familia lo que necesita es a TI mas que cualquier otra cosa.” O quizá te diría: “Deja de guardar rencillas secretamente. Acepta la gracia de ser sanado de antiguas heridas.”

Aquí tienes una tarea para Aviento: imagina encontrarte cara a cara con el Bautista. ?Que requeriría de ti antes de sumergirte en el agua?

Inscríbete hoy mismo y únete a la conversación.

Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! (Lucas 12:49)

Traducido por: Sylvia Gould

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Kathy McGovern © 2014-2015

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