Tiempo Ordinario – Ciclo C

Sexto Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo C

16 febrero 2019

Reflexionando sobre Luke 6: 17, 20-26

Bienaventurados aquellos que necesitan ayuda.

He andado con muletas durante estos últimos días. Tengo fe en que me recuperaré de mi más reciente reto ortopédico, pero en este momento nuestra casa se parece un tanto a Lourdes, con muletas y caminadoras por todos lados.

Lograr ir al supermercado es un reto enorme en este momento, con toda esa nieve y hielo que cubren el estacionamiento. La semana pasada me fui pasito a pasito llena de optimismo atravesando el curso de obstáculos de hielo. “Oiga,” dijo una dulce voz con acento hispano detrás de mí, “permítanos ayudarle.” Inmediatamente vi como una mamá con sus dos niños se pusieron a mi lado, deteniéndome por ambos lados hasta que llegamos a la puerta.

“Es linda tu mamá ¿qué no?” pregunté. “Sí,” me respondió su hijo con orgullo. “Ella es muy linda.” Que bendecida estoy.

¿Y cómo regresar al auto? No se me había ocurrido pensar en eso cuando salí. Estaba a dos pies de la tienda cuando un amable hombre, con quien había tenido una conversación acerca de nuestras discapacidades compartidas cuando estábamos esperando a pagar, se me acercó. “Oh, Señorita, déjeme ayudarla.”

“¡Pero si usted usa bastón! No quiero que se vaya a resbalar.” “No se preocupe,” me dijo, “nos sostenemos el uno al otro.” Así que una fila de autos tuvo que esperar pacientemente mientas un hombre afroamericano discapacitado ayudaba a una señora mayor blanca a cruzar por en medio de los charcos de hielo.

Se llama Mario. Le han tenido que amputar dos dedos de los pies a causa de la diabetes. También tiene enfermedad del riñón y enfermedad cardiaca. Me enteré de esto porque, al observar como cojeaba hacia la calle, le pregunté si quería que le diera una aventón a su departamento que quedaba a seis cuadras de ahí.

“Cuídese mucho Mario.” Le dije, mientras que se bajaba del auto. “Señora Kathy, el Señor es mi fuerza y mi escudo.”

Bienaventurados aquellos que necesitan ayuda. Ellos serán saciados.

¿Qué bendiciones te han llegado cuando te encontrabas necesitado?

Kathy McGovern ©2019

Kathy McGovern © 2014-2015

Quinto Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo C

12 febrero 2019

Reflexionando sobre Luke 5:1-11

¿Qué se necesita para hacer llorar a un adulto? Para mí, siempre es experimentar la cercanía de Dios. Ahí tenemos por ejemplo a esos hombres en la orilla del lago de Galilea. Estuvieron pescando toda la noche y regresaron con las redes vacías. Pero una sola palabra de Jesús, y los peces vinieron encarrerados, rogando ser atrapados por el gran Misterio.

Cuando Simón Pedro vio esto se desmoronó. Aléjate de mí, Maestro. No me conoces y una vez que lo hagas no querrás tener nada que ver conmigo. Esa es usualmente la respuesta de cualquier persona cuando piensan que han tenido un encuentro con Dios, un momento de tanta gracia que aparte de las lagrimas, les viene ese sentimiento, que es alguien más quien debió haber recibido esto, alguien mejor, alguien más merecedor, alguien…pues…que simplemente no sea nosotros.

No se preocupen, les dice Jesús. Esa fue una pesca de practica. De hoy en delante estaremos pescando personas, billones y billones de personas. Así que no te estreses por tus insuficiencias. Mi gracia es suficiente.

Mira, Jesús sabe donde están los peces. Él conoce el lugar a donde debemos llevar las barcas, muy en lo profundo. Él sabe donde están tus heridas, tus perdidas y tus dudas. Nunca están en la superficie, siempre se encuentran en las memorias profundas, ahí donde la tristeza se infecta.

¿Sientes como que has estado pescando toda la noche por un trabajo, por amigos, por amor, por sanación? Jesús te ve. Él sabe en que parte del gran Mar te encuentras. El quiere reconfortarte, jalarte hasta su red de comunión y compasión. Nunca se trata de ser merecedor. Se trata de ser bienvenido.

Permite que Jesús te atrape en su red. Es el lugar más seguro en toda la mar.

¿En qué formas has experimentado la cercanía de Dios?

Kathy McGovern ©2019

Kathy McGovern © 2014-2015

Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C

2 febrero 2019

Reflexionando sobre I Cor. 12: 31-13:13

Si me pongo todos los sombreros adecuados, u odio a los que lo hacen, pero no tengo amor, es mejor que no me presente.

Si confío tanto en mi autoridad en un tema que nadie puede enseñarme nada, es mejor que me quede fuera para que no termine pisando el amor.

Si tengo las ideas más geniales de las Escrituras, pero no le digo a la gente lo mucho que las amo, se desesperarán de que Dios pueda ser encontrado allí.

Si amo tanto a Jesús y a la gente tan poco, necesito pedirle a una persona amorosa que me convierta, porque he confundido a la religión con algo completamente distinto.

El amor escribe una nota de agradecimiento a la persona que extiende un gesto reflexivo, incluso si esa persona no es “importante”. Él o ella es importante para Dios.

El amor escucha, y recuerda, y se ríe de las bromas de otras personas.

El amor no mete pequeñas críticas de los demás en la conversación, luego retrocede y disfruta de las consecuencias.

El amor realmente se regocija cuando algo maravilloso le sucede a alguien más. El amor promueve a otras personas.

El amor es expansivo, y perdonador, y gracioso. El amor no hace que las personas se sientan inseguras o “menos que”.

El sol puede quemarse, y el universo puede expandirse hacia el escalofrío. El cielo y la tierra pueden pasar; pero el amor permanecerá para siempre.

¿Cómo es tangible la presencia del amor en tu parroquia?

Kathy McGovern © 2019

Kathy McGovern © 2014-2015

Tercer Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo C

30 enero 2019

Reflexionando sobre Nehemiah 8: 2-4a, 5-6, 8-10

Fue como si hubiese un gran elefante en medio del salón ese día cuando Esdras les lee esa escritura tan fundamental a todos los hombres, mujeres y  niños de edad suficiente para comprender. Lo que ninguno de ellos admite es que al regresar a la tierra después de exilio en Babilonia, las cosas no les estaban resultando tan bien como se lo habían esperado.

Su nuevo Templo parece insignificante comparado con el majestuoso Templo que construyó Salomón (y que Nabucodonosor quemó). Los que regresaban estaban viviendo en una ciudad desolada, desprotegida, arando unos cuantos campos devastados, y siendo presas fáciles de bandidos saqueadores.

Cuando Esdras les lee este documento (que ahora se llama el Torá), ellos en respuesta cuelgan las cabezas y lloran. ¿Y qué es lo que hace el gobernador Nehemías? Los interrumpe para declarar un día de fiesta, y los exhorta a comer y beber y regocijarse. ¿Por qué? Porque sabe lo que han olvidado: el gozo del Señor será su fuerza. Ninguna otra cosa nunca les bastará.

En los servicios de las sinagogas que se llevan acabo hoy hay un momento emotivo. Después de las lecturas sagradas, la homilía, y el cantar de los salmos, se dirige una luz hacia el tabernáculo. Aquellos que tienen el apellido sacerdotal Cohen (o Kohen) pasan al frente. Este grupo, con el rabí, toman cinco deslumbrantes rollos de Torá y comienzan a bailar con ellos.

Y luego el cielo cae a la tierra. Los niños brincan a bailar con sus padres. Los grupos gozosos salen de sus bancas a saludar al Torá mientras que pasa por donde están. Por unos cuantos momentos estrepitosos la tranquila asamblea se regocija en la alegría del Torá. Les espera otra ardua semana de trabajo a todos, pero en el Sabbat ellos sacan de la profundidad donde hallan sus mayores fuerzas, que es el gozo que solamente procede de la intimidad con Dios.

¿En qué manera es el gozo del Señor tu fuerza mayor?

Kathy McGovern ©2019

Kathy McGovern © 2014-2015

Segundo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo C

23 enero 2019

Reflexionando sobre I Cor. 12:4-11

Existen diferentes tipos de talentos, gracias a Dios, y el Espíritu Santo respira en cada uno de ellos. Considera por ejemplo que tan brillante se debe ser para poder diseñar un sitio electrónico en la web para una parroquia, bendito sea la persona que visita este sitio con la intención de quizás conectarse a esa iglesia por primera vez.

A algunos se les da la destreza de crear fuentes de datos para la parroquia, a otros el buscar la manera más fácil para que el resto de nosotros pueda contribuir financieramente a esa parroquia. Estas destrezas son muy técnicas, pero es el mismo Dios quien da la energía y pasión que se necesitan para lograr estas cosas.

A algunos se les da el amar a los niños para que nuestras clases de educación religiosa y nuestras escuelas estén llenas de amor y gozo. Hasta existen algunos—y que Dios bendiga a estas personas tan únicas—quienes dedican sus vidas a la formación de adolescentes. Que mil bendiciones desciendan sobre sus cabezas.

Algunos poseen la experiencia de servir de administradores y socios pastorales, y cuidadosamente cuidan y se aseguran de que las necesidades sacramentales y espirituales de la parroquia se den por servidas. Algunos administran los tantos ministerios a refugios, lugares donde se alimentan a los desamparados, y las casas de protección, y algunos trabajan personalmente con la sociedad de St. Vincent de Paul.

Otros dedican su tiempo a orar por todos nosotros. Sí, existen miembros de la parroquia quienes hacen esto, todos los días, por toda su vida. Se llevan la lista de los enfermos y moribundos, y oran. Hay una adorable pareja, en una parroquia donde yo serví hace muchos años, quien oró por mí mientras desayunábamos juntos todos los días por quince años.

Esta es la punta del iceberg, por supuesto. Ni siquiera hemos hablado de la música, la escritura, y la liturgia, o del sacerdocio, santo cielo. Iglesia: ¿Ves que ricos somos?

¿Cómo utilizare mis talentos para trabajar para el Reino de Dios este año?

 

Kathy McGovern ©2019

Kathy McGovern © 2014-2015

Solemnidad del Bautismo de Nuestro Senor – Ciclo C

12 enero 2019

Reflexionando sobre Luke 3: 15-16, 21-22

Fuimos a ver el musical “Querido Evan Hansen” el otoño pasado. El final es verdaderamente inspirador, aunque durante todo el show la audiencia sufre por Evan, quien padece de una ansiedad social tan terrible que se imagina a sí mismo saludando al mundo detrás de una ventana, sin ver ni oír a nadie nunca jamás.

Me recordó un incidente raro que me sucedió hace algunos años. Andaba caminando con mi perro por el vecindario, cuando por algún motivo volteé a ver la casa que acababa de pasar. Ahí, saludándome efusivamente por la ventana y gesticulando con la boca “feliz año nuevo,” estaban los adorables niños que vivían en esa casa.

Les regresé el saludo y seguí caminando, pensando en que coincidencia tan inusual había sido esa, que sin haberlos visto al pasar por su casa, se me ocurrió voltear en su dirección justo a tiempo para recibir ese cálido saludo.

Durante el bautismo de Jesús, los cielos se abrieron, y la voz del Padre se oyó, y el Espíritu Santo ciertamente apareció en forma de una paloma. Pero Lucas no nos dice quién vio a esa paloma, o quién oyó esa voz.  Sabemos que sucedió. ¿Pero aparte de Jesús (y el evangelista, quien fue inspirado por el Espíritu) quién tuvo ojos para ver y oídos para oír?

Si pudiésemos entrenar a nuestros ojos y oídos, apuesto a que nosotros también podríamos ver a los cielos abrirse, y oír a aquella voz del cielo que nos habla. Esta aparición de la Trinidad—el Hijo saliendo de las aguas, el Espíritu descansando como una paloma, y el Padre hablando desde los cielos—no fue un evento de una sola ocasión. Cristo está siempre con nosotros al morir y al resucitar y al vivir de nuevo, el Espíritu siempre nos señala hacia los caminos de paz, y el Padre siempre nos habla.

O poniéndolo de otro modo, el amor y el consuelo y la sabiduría siempre nos están saludando a través de las ventanas Divinas. Tómate un momento para voltear y darte cuenta.

¿Cómo te ha dado a conocer recientemente la presencia amorosa de Dios?

Kathy McGovern c. 2019

Kathy McGovern © 2014-2015

Nuestro Señor, Jesucristo, Rey del Universo – Ciclo C

21 noviembre 2016

Reflexionando sobre Luke 23: 35-43

Supongo que era inevitable.  Mi esposo Ben, quien no le teme ni a la altura ni a la profundidad, ni a las regulaciones de OSHA, se cayó 15 pies de una escalera mientras que estaba pintando una casa en una área económicamente baja la semana pasada.  A pesar del dolor intenso que tiene al recuperarse de la quebradura de la cadera, una mano, y la escapula, los dos estamos sin habla con tanta gratitud de que no haya sufrido parálisis o daño cerebral.  De hecho, pudo haber sido fatal porque, como le dijo Butch a Sundance, la caída por si sola podría haberte matado.

Al mismo tiempo que lo llevaban en ambulancia al hospital, una brigada de bomberos estaba apagando un incendio en la misma calle.  Una madre soltera y sus tres niños estaban pagando $1,500 por mes para vivir en un apartamento de una recamara, que ahora se consumía en llamas.  Jesús, acuérdate de ellos.

Viendo los resultados de las elecciones en el hospital el martes en la noche, vimos a los que lloraban, a los que celebraban, a las convulsiones de ira y felicidad.  Jesús, acuérdate de nosotros.

Mientras que Ben soportaba el dolor más tarde esa semana en casa, vimos a los Guerreros Heridos en el día de los Veteranos, enfrentando vidas como doble-amputados, muchos viviendo con dolor intenso, minuto a minuto.  Jesús acuérdate de ellos.

Sucediendo paralelamente a esa historia habían docenas de historias de sequias, fuegos forestales, asesinatos en masa.  Jesús acuérdate de ellos.

Existe una cantidad inmensa de gente de quien Jesús se tiene que acordar, cada hora de cada día.  Que gran consuelo saber que Cristo nuestro Rey sabe lo que es estar en agonía, ser torturado y asesinado por gente que no sabía lo que estaba haciendo.

Pero nosotros si sabemos lo que hacemos, y en este día de fiesta nos proponemos usar nuestras vidas para ofrecer sanación y amor compasivo, en memoria de Jesús.

¿Qué bondad harás está semana, en memoria de Jesús?

Kathy McGovern ©2016

 

Kathy McGovern © 2014-2015

Trigésimo-tercer Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo C

14 noviembre 2016

Reflexionando sobre Malachi 3: 19-20a

Solamente hemos tenido dos mañanas realmente frías, y aun así ya extraño el sol.  Quiero sentarme en la playa y sentir sus rayos celestiales.  Quiero sentarme en el porche a leer bajo su cálida luz.  Quiero un verano eterno.

Pero claro que este planeta necesita el invierno.  Las inundaciones y los incendios y las sequías son todas señales de las temperaturas aceleradas.  Podría ponerme camisetas y pantalones carpís todo el año, pero felizmente los cambiaría por chamarras y guantes si eso garantizara la restauración de la capa polar y el final de las sequías alrededor del mundo.

Es un tanto espeluznante que Malaquías , profetizando el final de los tiempos, dice que vendrán días como un horno encendido, mientras que los malvados serán quemados vivos.  Tuvimos unos días- más bien unas semanas- el verano pasado, cuando parecía que esa profecía se estaba realizando.

Oímos de Malaquías hoy, y de la sección apocalíptica del evangelio de Lucas, porque el año litúrgico está llegando a su final.  No se va calladamente, gradualmente dando paso a un dócil y gentil adviento.  Las lecturas del final del año litúrgico son cacofónicas y aterrorizantes.  Predicen cambios terribles en el clima, las agonías de la guerra, y terremotos y hambrunas que suena como las noticias actuales más populares de CNN.

Pero lo que no te dicen en CNN es esto:  hay un Dios amoroso que está con nosotros, en hornos ardientes y tundras Árticas.  Un vistazo a la larga historia ciertamente te dirá que lo soportaremos.  A pesar de nuestra voluntaria ignorancia y nuestro cegador egoísmo- y una atroz temporada de elecciones- la vida todavía es sostenida cada segundo por un Creador quien es bueno

Así es que ten paz.  Reúsalo, recíclalo y redúcelo.  A, y si, confía en Dios.

¿Cómo enfrentas tus miedos al mantenerte fuerte en tu fe?

Kathy McGovern ©2016

 

 

Kathy McGovern © 2014-2015

Trigésimo-Segundo Domingo De Tiempo Ordinario – Ciclo C

5 noviembre 2016

Reflexionando sobre Luke 20: 27-38

 Existe algo en nosotros que recuerda lo infinito.  Mi pasaje favorito del Antiguo Testamento captura esto de una manera hermosa:  Él, en el momento preciso todo lo hizo hermoso: puso además en la mente humana la idea de lo infinito (Eclesiastés 3:11).   Añoramos ver por nosotros mismos esos destellos del cielo- una mirada cálida de un ser querido que se ha marchado para estar con Dios, o tal vez esa historia de una experiencia cerca de la muerte que suena como tan cierta.  Pero aunque no experimentemos esas gracias en particular,  lo cercano de la eternidad está aquí mismo, en nuestra memoria y en nuestras almas.  Fuimos hechos para el cielo.

Pero también estamos hechos para la tierra, porque es aquí donde forjamos el material que llevaremos a la eternidad.  En la hermosa parábola de C.S. Lewis “El Gran Divorcio”, observamos ese insoportable dilema.  El Cielo está justo ahí, solo a unos pasos del autobús que lleva a aquellos atrapados en el limbo de la indecisión.  Todo lo que uno tiene que hacer es bajarse del autobús.  El problema está en que, el cielo es tan solido, tan real.  El pasto es como navajas para aquellos que intentan llevar su egoísmo y suciedad y chismes, y mezquindad al cielo.  Ellos tendrán que renunciar a esas cosas si quieren caminar en la fuerza de la Presencia Divina.

Esa es otra parte de la eternidad que ya experimentamos aquí en esta vida: el “musculo de la memoria” que se forma cuando llegamos a ser eso que fuimos hechos para ser.  Cuando aplastamos la tentación en el suelo, cuando defendemos la justicia, cuando fortalecemos los músculos de la compasión y la honestidad, sentimos que nos estamos poniendo en forma para la firmeza del celo.  Todos los santos van al gimnasio para ponerse suficientemente fornidos para la eternidad.  Solo hazlo.

Kathy McGovern ©2016

 

 

Kathy McGovern © 2014-2015

Trigésimo-primer Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo C

1 noviembre 2016

Reflexionando sobre Luke 19: 1-10

Podemos discutir acerca de Zaqueo todo el día.  Los judíos lo aborrecían, ya que se ganaba la vida cobrando los impuestos que exigían los gobernantes Romanos.  Pero algunos lo defendían, argumentando que si los judíos no pagaban sus impuestos, entonces los violentos Romanos los forzarían ellos mismos.  Zaqueo simplemente mantenía a los judíos vivos y a salvo al ayudarles a cumplir las exigencias que se les imponían.  Esa es otra manera de verlo.

Y luego tenemos esto: Los compañeros de Jesús en su larga jornada de Galilea hasta Jerusalén eran personas fieles y devotas, quienes, podemos asumir, hubieran estado FASCINADOS de que Jesús les hubiese llamado y dicho que iba a cenar con ellos esa noche.  ¿Y a quien le concede esa inmensurable gracia?   Al corto en estatura, increíblemente odioso cobrador de impuestos que se sube a un árbol por impulso y obtiene la mejor vista que cualquier persona presente.  Eso no es justo.

Pero esto es lo que Zaqueo siempre tendrá a su favor: Él quería saber quien era Jesús. Piensa en todas esas personas que piensan que ya tienen a Jesús bien comprendido.   En él no existe ningún  misterio para ellos.  Ellos han desarmado los milagros, buscado por google la “cultura” acerca de él, y, tal vez tristemente, lo han guardado junto con todos sus sueños de niñez.

¿Sabes que?

Zaqueo vivía en este mismo tipo de mundo.  Los profetas y los que querían ser Mesías se vendían diez por un tostón.  Sus empleadores Romanos eran hombres de negocios sínicos quienes ciertamente se hubieran burlado de Jesús y su lastimoso acompañamiento.  Pero aun así, él lo arriesgó todo y trepó en el árbol, porque, sin importar que ridículo se iba a ver él, quería ver a Jesús.

Eso lo pone muy a la delantera del juego en el mundo en que vivimos hoy.

¿Cómo puedes inspirar a alguien a quien amas que quiera ver a Jesús?

Kathy McGovern ©2016

Kathy McGovern © 2014-2015

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