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Vigésimo-octavo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

15 octubre 2018

Reflexionando sobre Mark 10: 17-30

¿Qué es lo que ocasiona que un bebé  pequeñito deje de aferrarse al vientre y finalmente se rinda? Pues tiene que ver con las células inmunológicas las cuales, después de terminar su trabajo de limpiar los pulmones, se desplazan hasta la pared uterina, de donde se liberan químicos que estimulan la reacción inflamatoria que da comienzo al parto.

El bebé, después de 40 semanas de ser protegido por su mama, ahora debe rendirse ante el ritmo del útero que se contrae. Pronto este bebe será arrojado fuera del vientre a los brazos gozosos de sus padres, quienes seguirán protegiéndole todos los días de sus vidas.

Por supuesto que el bebé no lo sabe en ese momento.  Pero tendrá que hacer el acto heroico de nacer, ya sea que confíe o no. Y la muerte es lo mismo.

Cada uno de nosotros tuvimos que, de alguna manera, reunir todo el valor para poder nacer, y cada uno de nosotros encontrará el valor para morir, estemos o no estemos listos para hacerlo. Seremos arrastrados de lo conocido hacia el Gran Incognoscible. Dios estará ahí para guiarnos.

El joven rico hizo todo lo correcto. Obedeció las leyes, y dio generosamente a los pobres. Pero no estaba listo para morir, y por eso no pudo vivir. Como el bebé en el vientre, todo lo que conocía y en lo que confiaba estaba justo ahí. Pero cuando comenzaron las contracciones, esas preguntas problemáticas que tenía que hacerle a Jesús para poder tener paz en lo referente a su futuro eterno, se resistió a las respuestas que recibió.

Pensó, “¡No! No me digas que debo abandonar todo lo que conozco y amo!” Así que se fue triste. Jesús se quedo triste también. Es tan difícil ayudarle a la gente a nacer.

¿A qué cosa te estás aferrando que de hecho sospechas te está manteniendo en cautiverio?

 

Kathy McGovern ©2018

Kathy McGovern © 2014-2015

Tiempo Ordinario - Ciclo B

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