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Quinto Domingo de Pascua – Ciclo B

Reflexionando sobre Acts 9: 26-31

Mi amiga Joni tenía una placa que colgaba encima de su chimenea y que decía: Señor, gracias por todo lo que sé hoy. Y perdóname por todo lo que pensaba saber ayer. Me acuerdo de Saúl, heredero de ciudadanía romana y perfecto descendiente de linaje judío, el fariseo que era hijo de un fariseo, echando fuego por la boca mientras que marchaba convencido de su rectitud hacia Damasco para arrestar a cualquier cristiano que ahí viviese.

He aquí un tipo que sabia lo que era correcto y lo que era incorrecto, quien estaba dentro y fuera. No había ningún otro perseguidor de la nueva iglesia tan fiero como él. Y a pesar de esto, cuando lo rodeo un resplandor de luz desde el cielo y lo tiró al suelo, tuvo la gracia de preguntar. -¿Quien eres tú?- Y escucho, -Soy Jesús, a quien persigues.-

Y eso fue todo. Toda la historia se ladeo en ese momento cuando Saúl, el trilingüe judío defensor de la Ortodoxia, ese que se sentía tan cómodo en las grandes ciudades como en las tierras baldías ignoradas, no incorporadas y sin ley del extenso imperio romano, le preguntó a Jesús por su identidad. Pasó el resto de su vida en sinagogas y cortes de la ley, en mercados gentiles y prisiones desoladas, contándole a todo el mundo que iba conociendo acerca de esa identidad. No existen records de el evento, pero podemos sentirnos seguros de que hasta a sus ejecutores les predicó acerca de Jesús mientras que se preparaban para darle con la espada en la cabeza.

Él lo arriesgó todo para que nosotros pudiésemos conocer a Jesús. Gracias, San Pablo. Nos has mostrado como admitir que a veces estamos equivocados.

¿Qué ejemplo puedes dar de haber tenido la humildad para admitir que estabas equivocado?

Kathy McGovern ©2018

Kathy McGovern © 2014-2015

Pascua - Ciclo B

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