Monthly Archives: noviembre 2017

Solemnidad de Cristo el Rey – Ciclo A

25 noviembre 2017

Reflexionando sobre Matthew 25: 31-46

 Cristo, mi rey, estas son las cosas que he visto últimamente, cosas que me recordaron la parábola del Juicio Final:

  1. Vi a una madre cansada limpiar la leche derramada por su hijo pequeño mientras le daba un abrazo y un beso.
  2. Vi a cientos de parroquias donando tarjetas de regalo a las familias de bajos recursos para que pudieran tener una cena este día de Acción de Gracias.
  3. Vi a mi esposo que generosamente decidió dejar de ver el juego y tomar cerveza para poder ayudar a un amigo.
  4. Vi a un ex presidario anciano salir de las calles e ingresar en un cálido centro de consejería.
  5. Vi un nuevo complejo de apartamentos abrir sus puertas y proveer albergue permanente a aquellos que alguna vez vivian en las calles.
  6. Vi a jóvenes extraordinarios acompañar a los refugiados sirios a un lugar seguro.
  7. Vi a tiernos niños de alrededor del país organizando recaudaciones de fondos para las victimas del huracán de Puerto Rico y las Islas Vírgenes.

Cristo, mi Rey, ellos no lo sabían, pero cada una de estas bellas acciones fueron hechas para ti.  Pero esta semana también vi como los efectos de la avaricia y el poder y el egoísmo y el síndrome de yo-primero destruyeron y causaron devastación por todo el mundo.  Eso te lo hicimos a ti, oh Jesús.  Debiste haber dicho algo.  Debiste haber dicho,  “¡Oigan!  Es a mi a quien están dejando solo afuera en el frio, es a mí a quien están abandonando, a mí a quien están forzando a laborar en trabajos de mínima paga.”  Deberías haber dicho algo, Jesús.  Simplemente no te vimos.

¿Dónde has visto a Cristo en su “disfraz más angustiante” recientemente?

Kathy McGovern ©2017

Kathy McGovern © 2014-2015

Trigésimo-tercer Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A

22 noviembre 2017

Reflexionando sobre Matthew 25: 14-30

Bueno, hicimos lo mejor que pudimos.  Nos mantuvimos fieles a la iglesia en donde fuimos bautizados.  Nos integramos a los grupos y tomamos las clases de escritura.  Tendimos una mano a los necesitados.

Servimos en el consejo parroquial.  Pero, ¿quien va tomar nuestro lugar?  ¿A dónde se fueron las generaciones más jóvenes?  ¿Cómo fue que se marcharon dos generaciones de gente joven sin que ni siquiera nos diésemos cuenta?

Recientemente asistí a una misión parroquial dirigida por la Dra. Eileen Burke-Sullivan.  Hablamos de la nostalgia que sentimos al recordar las abarrotadas iglesias de los años cincuentas y sesentas- y le confesé que todavía añoro lo que recuerdo era la iglesia vibrante de esos días- y me dijo (lo pongo en mis propias palabras), “Aun aunque pudiésemos de alguna forma regresar a esos tiempos ahora mismo, no encontraríamos ahí a Jesús.  Él está donde nosotros estamos, y nosotros ya no vivimos ahí.  Estamos vivos hoy, en el 2017.”

De alguna forma, a pesar de nuestros mejores esfuerzos- o tal vez de nuestros tibios esfuerzos- las inversiones que hemos hecho con los “talentos” que se nos dieron para darle paso a una Iglesia viva y robusta no han impresionado a nadie con sus dividendos.  Recordemos lo que dijo San Juan Pablo Segundo acerca del tema: No estamos en la tierra para resguardar un museo, sino más bien para cultivar un floreciente jardín de vida.

A diferencia del Amo que se fue de viaje, Jesús nunca nos dejó.  Pero sí nos encargó a su Iglesia.  Cierto, la cultura que solía cargar la fe ya no existe.  ¿Pero realmente creemos que Cristo es incapaz de sanar y salvar y atraer personas a él en el 2017?  Este es en el tiempo en que vivimos.  Pero Jesucristo es Señor de todos los tiempos.  Esa es una verdad que ninguno de nosotros debemos enterrar en el suelo.

En qué maneras estás invirtiendo en tu parroquia?

Kathy McGovern ©2017

Kathy McGovern © 2014-2015

Trigésimo-segundo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A

12 noviembre 2017

Reflexionando sobre 1 Thessalonians 4: 13-18

¿Alguna vez te has imaginado tu propia muerte?  Es difícil hacerlo.  Podemos imaginarnos, tal vez, nuestro funeral, y quizás hasta las enfermedades que van a finalmente acabar con nosotros.  Pero de veras imaginar ese ultimo aliento de nuestro estado despierto nos parece tan raro como el hecho de morir- el estrellarse en el suelo al caerse de un edificio alto- en nuestro estado de sueño.  El subconsciente lo resiste con todas sus fuerzas.

La verdad es que, de algún modo, creemos que estaremos aquí para leer nuestro propio obituario.  No sabemos todavía exactamente como sucederá, pero los humanos vivimos en una disonancia cognitiva acerca de nuestras propias muertes.

Pablo era un “bebe cristiano” cuando escribió su primer carta a los Filipenses. Esto sucedió muy temprano durante su propia vida como creyente, y escribía para aliviar las ansiedades de otros nuevos cristianos.

Aparentemente se había desparramado un rumor de que Jesús ya había regresado, y aquellos que se murieron antes de su regreso (o no vivían en Jerusalén) se habían perdido de la segunda venida y por ende no experimentarían el cielo.

Que terrible rumor.  Pablo les ofrece una confianza detallada acerca de cómo sucedería “el final de los tiempos”- y seguramente él creía que esto sucedería antes de que él mismo muriera- y esta confianza tenía como propósito asegurar a la comunidad de que el Dios del Universo los encontraría, aunque murieran antes de que Cristo regresara a la tierra de nuevo.

En menos de veinte años, los dos, San Pablo y San Pedro fueron martirizados en Roma.  No fue hasta que los dos lideres de la fe cristiana murieron que la gente se dio cuenta de veras que la Segunda Venida podría no estar muy cercana.  Fue entonces que San Marcos comenzó a escribir lo que sería el primer evangelio.  La Segunda Venida fue retrasada, sí, pero las Buenas Nuevas apenas comenzaban.

¿Cómo te estás preparando para tu muerte y al mismo tiempo viviendo una vida abundante?

Kathy McGovern ©2017

Kathy McGovern © 2014-2015

Trigésimo-primer Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A

4 noviembre 2017

Reflexionando sobre Matthew 23: 1-12

En mi mundo, los humildes están por todos lados, y su intención es seguir siendo humildes.  Desearía conocer a alguien arrogante para poder imaginarme como sería su transformación a la humildad. Pero a mi alrededor solo tengo el tipo de personas opuesto.

En el Facebook mi humilde amiga pregunta si hay alguien disponible para servir en el Albergue de Ancianos esta semana.  En la parroquia, la lista de aquellos dispuestos a llevar alimentos a los que están confinados en casa es casi más larga de la lista de los que necesitan ese servicio.  La interminable buena voluntad y el ingenio de tanta gente que conozco quienes trabajan para aliviar el sufrimiento del mundo no solo es inspiradora, sino que transforma mi corazón.

Aunque, sí tengo dos amigas que a menudo hablan acerca de su compromiso con las tantas organizaciones a las que dedican su tiempo en servir.  Desearía que más gente hiciera esto.  El mantenerte en silencio acerca del generoso regalo que les das a tus nietos con tu tiempo, o de tus visitas semanales al asilo, o del tiempo que pasas cuidando niños para las familias que se encuentran atrapadas en trabajos de bajos sueldos, nos roba al resto de nosotros la oportunidad de ser retados a abandonar nuestra zona Netflix de comodidad.

Me encanta escuchar a las personas hablar de las diferentes formas que han descubierto de ayudar al mundo.  Si eso es presumir, ¡entonces más fuerza para los presumidos!   Necesitamos sus historias y sus testimonios desesperadamente.  Me imagino al cielo como simplemente más de eso mismo:  personas amorosa dedicándose por la eternidad a amar a otras personas.  Pero no quiero asomarme desde afuera, preguntándome porque nadie me mencionó que estaban haciendo estas cosas que nunca se me hubieran ocurrido a mí, porque las personas que las estaba haciendo eran demasiado humildes para hablarme de esas cosas.

¿Qué sorpresas te has llevado recientemente al descubrir las buenas obras de los demás?

Kathy McGovern ©2017

Kathy McGovern © 2014-2015

Trigésimo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo A

3 noviembre 2017

Reflexionando sobre Matthew 22: 34-40

Mis amigos Jen y Paul tienen un par de ADORABLES mellizos , y se sorprendieron y deleitaron al darle la bienvenida al gracioso Max hace dos años.  Y luego, hace un mes, llegaron a casa del hospital con- ya lo adivinaste- un segundo par de niños mellizos.  Sí, son cinco niños menores de cuatro años.

Sophia lloró al principio al darse cuenta de que está rodeada de puros hermanos, pero su mellizo, Lucas, la consoló diciéndole esto:  No te preocupes, apuesto a que la siguiente vez que mamá tenga mellizos van a ser niñas.   Aja.

El lugar más feliz del universo es el sillón de la sala, donde duermen los bebes y los tres hermanos “mayores’ se acurrucan para leer cuentos.  Aunque su biblia ilustrada no cuenta la historia del terrible Rey Herodes, Sophia y Lucas se la saben, y ahora me dicen todo lo que ellos harían para proteger al niñito Jesús de ese horrible rey.

“Si el niñito Jesús estuviera aquí,” dice Lucas, “Y el Rey Herodes me preguntara donde está, yo le señalaría para otra dirección y le diría, “Está ALLÁ.”  Y Sophia agrega, “ Y yo nunca, nunca permitiría que él encontrara al Niñito Jesús.  Jesús es bueno, y el Rey Herodes es muy malo.”

Son puramente adictivos, estos cinco hermosos niños, y sus corazones son de la forma perfecto para Jesús.  Me recuerdan una parte de una oración que cada Judío debe orar todos los días por la mañana y por la tarde, y la parte que Jesús, el judío perfecto, recitó para el maestro de la ley: Debes amar a Dios con todo tu corazón con toda tu alma y toda tu mente.

No es para nada difícil, amar a Dios con todo lo que tenemos.  Solo debemos encontrar al niño de cuatro años que llevamos dentro, listo para amar a Dios con todo lo que somos.

¿Tienes un momento en el día cuando te siente más cerca de amar a Dios con todo tu corazón tu alma y tu mente?

Kathy McGovern ©2017

Kathy McGovern © 2014-2015