Monthly Archives: noviembre 2016

Primer Domingo de Adviento – Ciclo A

29 noviembre 2016

Reflexionando sobre Matthew 24: 37-44

El mes pasado nos robaron, más o menos alrededor de la medianoche.  Nuestra amiga Karen, quien vive en nuestro sótano y trae montones de risa y diversión a nuestra casa, oyó a alguien tosiendo en nuestra entrada de autos.  Primero se le ocurrió salir a investigar.  Después se le ocurrió- gracias a Dios- quedarse en su cama calentita y cómoda y dormirse de nuevo.

Mi esposo Ben también oyó a alguien toser justo afuera de nuestra ventana del segundo piso a la misma hora.  Se levantó y se asomó por la ventana.  Como no vio nada fuera de lo ordinario, pensó en salir afuera, pero de nuevo, la cama calentita y cómoda le ganó a la alternativa de enfrentar al frio de afuera.

Todos nos pusimos a comparar notas en la mañana, cuando vimos la cochera toda revuelta y los estragos en los autos que habían sido asaltados.  Los intrusos fueron tan descarados que entraron justo por el patio trasero en lugar de usar la entrada más cercana por el callejón, seguramente porque nuestros vecinos, a quienes les robaron exactamente de la misma forma el año pasado, tienen una lámpara con detector de movimiento que se enciende cuando pasa hasta la mas pequeña ardilla por su campo magnético.

Nos pusimos manos a la obra, por supuesto.  Cambiamos el código de la puerta de la cochera y una vez más prometimos recordar cerrar con llave la puerta de la cochera.  La próxima vez, estaremos listos.

Lo cual nos trae, por supuesto, al Adviento, y la urgente advertencia de san Pablo que nos dice ahora es la hora de despertar de nuestro sueño.   Una toz fuerte fuera de nuestra ventana no fue lo suficientemente alarmante para levantarnos.  Dormir es mucho más reconfortante que enfrentarnos con lo que urgentemente trata de despertarnos.  Pero es Adviento, y es hora de despertar.  Jesús, nuestro Lucero de la Mañana, está tratando de despertarnos.

¿De que te está Cristo llamando a despertar este Adviento?

Kathy McGovern ©2016

Kathy McGovern © 2014-2015

Nuestro Señor, Jesucristo, Rey del Universo – Ciclo C

21 noviembre 2016

Reflexionando sobre Luke 23: 35-43

Supongo que era inevitable.  Mi esposo Ben, quien no le teme ni a la altura ni a la profundidad, ni a las regulaciones de OSHA, se cayó 15 pies de una escalera mientras que estaba pintando una casa en una área económicamente baja la semana pasada.  A pesar del dolor intenso que tiene al recuperarse de la quebradura de la cadera, una mano, y la escapula, los dos estamos sin habla con tanta gratitud de que no haya sufrido parálisis o daño cerebral.  De hecho, pudo haber sido fatal porque, como le dijo Butch a Sundance, la caída por si sola podría haberte matado.

Al mismo tiempo que lo llevaban en ambulancia al hospital, una brigada de bomberos estaba apagando un incendio en la misma calle.  Una madre soltera y sus tres niños estaban pagando $1,500 por mes para vivir en un apartamento de una recamara, que ahora se consumía en llamas.  Jesús, acuérdate de ellos.

Viendo los resultados de las elecciones en el hospital el martes en la noche, vimos a los que lloraban, a los que celebraban, a las convulsiones de ira y felicidad.  Jesús, acuérdate de nosotros.

Mientras que Ben soportaba el dolor más tarde esa semana en casa, vimos a los Guerreros Heridos en el día de los Veteranos, enfrentando vidas como doble-amputados, muchos viviendo con dolor intenso, minuto a minuto.  Jesús acuérdate de ellos.

Sucediendo paralelamente a esa historia habían docenas de historias de sequias, fuegos forestales, asesinatos en masa.  Jesús acuérdate de ellos.

Existe una cantidad inmensa de gente de quien Jesús se tiene que acordar, cada hora de cada día.  Que gran consuelo saber que Cristo nuestro Rey sabe lo que es estar en agonía, ser torturado y asesinado por gente que no sabía lo que estaba haciendo.

Pero nosotros si sabemos lo que hacemos, y en este día de fiesta nos proponemos usar nuestras vidas para ofrecer sanación y amor compasivo, en memoria de Jesús.

¿Qué bondad harás está semana, en memoria de Jesús?

Kathy McGovern ©2016

 

Kathy McGovern © 2014-2015

Trigésimo-tercer Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo C

14 noviembre 2016

Reflexionando sobre Malachi 3: 19-20a

Solamente hemos tenido dos mañanas realmente frías, y aun así ya extraño el sol.  Quiero sentarme en la playa y sentir sus rayos celestiales.  Quiero sentarme en el porche a leer bajo su cálida luz.  Quiero un verano eterno.

Pero claro que este planeta necesita el invierno.  Las inundaciones y los incendios y las sequías son todas señales de las temperaturas aceleradas.  Podría ponerme camisetas y pantalones carpís todo el año, pero felizmente los cambiaría por chamarras y guantes si eso garantizara la restauración de la capa polar y el final de las sequías alrededor del mundo.

Es un tanto espeluznante que Malaquías , profetizando el final de los tiempos, dice que vendrán días como un horno encendido, mientras que los malvados serán quemados vivos.  Tuvimos unos días- más bien unas semanas- el verano pasado, cuando parecía que esa profecía se estaba realizando.

Oímos de Malaquías hoy, y de la sección apocalíptica del evangelio de Lucas, porque el año litúrgico está llegando a su final.  No se va calladamente, gradualmente dando paso a un dócil y gentil adviento.  Las lecturas del final del año litúrgico son cacofónicas y aterrorizantes.  Predicen cambios terribles en el clima, las agonías de la guerra, y terremotos y hambrunas que suena como las noticias actuales más populares de CNN.

Pero lo que no te dicen en CNN es esto:  hay un Dios amoroso que está con nosotros, en hornos ardientes y tundras Árticas.  Un vistazo a la larga historia ciertamente te dirá que lo soportaremos.  A pesar de nuestra voluntaria ignorancia y nuestro cegador egoísmo- y una atroz temporada de elecciones- la vida todavía es sostenida cada segundo por un Creador quien es bueno

Así es que ten paz.  Reúsalo, recíclalo y redúcelo.  A, y si, confía en Dios.

¿Cómo enfrentas tus miedos al mantenerte fuerte en tu fe?

Kathy McGovern ©2016

 

 

Kathy McGovern © 2014-2015

Trigésimo-Segundo Domingo De Tiempo Ordinario – Ciclo C

5 noviembre 2016

Reflexionando sobre Luke 20: 27-38

 Existe algo en nosotros que recuerda lo infinito.  Mi pasaje favorito del Antiguo Testamento captura esto de una manera hermosa:  Él, en el momento preciso todo lo hizo hermoso: puso además en la mente humana la idea de lo infinito (Eclesiastés 3:11).   Añoramos ver por nosotros mismos esos destellos del cielo- una mirada cálida de un ser querido que se ha marchado para estar con Dios, o tal vez esa historia de una experiencia cerca de la muerte que suena como tan cierta.  Pero aunque no experimentemos esas gracias en particular,  lo cercano de la eternidad está aquí mismo, en nuestra memoria y en nuestras almas.  Fuimos hechos para el cielo.

Pero también estamos hechos para la tierra, porque es aquí donde forjamos el material que llevaremos a la eternidad.  En la hermosa parábola de C.S. Lewis “El Gran Divorcio”, observamos ese insoportable dilema.  El Cielo está justo ahí, solo a unos pasos del autobús que lleva a aquellos atrapados en el limbo de la indecisión.  Todo lo que uno tiene que hacer es bajarse del autobús.  El problema está en que, el cielo es tan solido, tan real.  El pasto es como navajas para aquellos que intentan llevar su egoísmo y suciedad y chismes, y mezquindad al cielo.  Ellos tendrán que renunciar a esas cosas si quieren caminar en la fuerza de la Presencia Divina.

Esa es otra parte de la eternidad que ya experimentamos aquí en esta vida: el “musculo de la memoria” que se forma cuando llegamos a ser eso que fuimos hechos para ser.  Cuando aplastamos la tentación en el suelo, cuando defendemos la justicia, cuando fortalecemos los músculos de la compasión y la honestidad, sentimos que nos estamos poniendo en forma para la firmeza del celo.  Todos los santos van al gimnasio para ponerse suficientemente fornidos para la eternidad.  Solo hazlo.

Kathy McGovern ©2016

 

 

Kathy McGovern © 2014-2015

Trigésimo-primer Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo C

1 noviembre 2016

Reflexionando sobre Luke 19: 1-10

Podemos discutir acerca de Zaqueo todo el día.  Los judíos lo aborrecían, ya que se ganaba la vida cobrando los impuestos que exigían los gobernantes Romanos.  Pero algunos lo defendían, argumentando que si los judíos no pagaban sus impuestos, entonces los violentos Romanos los forzarían ellos mismos.  Zaqueo simplemente mantenía a los judíos vivos y a salvo al ayudarles a cumplir las exigencias que se les imponían.  Esa es otra manera de verlo.

Y luego tenemos esto: Los compañeros de Jesús en su larga jornada de Galilea hasta Jerusalén eran personas fieles y devotas, quienes, podemos asumir, hubieran estado FASCINADOS de que Jesús les hubiese llamado y dicho que iba a cenar con ellos esa noche.  ¿Y a quien le concede esa inmensurable gracia?   Al corto en estatura, increíblemente odioso cobrador de impuestos que se sube a un árbol por impulso y obtiene la mejor vista que cualquier persona presente.  Eso no es justo.

Pero esto es lo que Zaqueo siempre tendrá a su favor: Él quería saber quien era Jesús. Piensa en todas esas personas que piensan que ya tienen a Jesús bien comprendido.   En él no existe ningún  misterio para ellos.  Ellos han desarmado los milagros, buscado por google la “cultura” acerca de él, y, tal vez tristemente, lo han guardado junto con todos sus sueños de niñez.

¿Sabes que?

Zaqueo vivía en este mismo tipo de mundo.  Los profetas y los que querían ser Mesías se vendían diez por un tostón.  Sus empleadores Romanos eran hombres de negocios sínicos quienes ciertamente se hubieran burlado de Jesús y su lastimoso acompañamiento.  Pero aun así, él lo arriesgó todo y trepó en el árbol, porque, sin importar que ridículo se iba a ver él, quería ver a Jesús.

Eso lo pone muy a la delantera del juego en el mundo en que vivimos hoy.

¿Cómo puedes inspirar a alguien a quien amas que quiera ver a Jesús?

Kathy McGovern ©2016

Kathy McGovern © 2014-2015