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Decimo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo C

Reflexionando sobre Luke 7: 11-17

Hay tres ocasiones en los evangelios donde Jesús resucita a alguien de la muerte, y en cada caso, Jesús se conmueve con el duelo de los que le sobreviven al difunto.  Cuando Jairo acude a Jesús, rogándole por la vida de su pequeña hija (Lucas 8:41-56) Jesús se llena de lastima.  Las dolientes hermanas de Lázaro lo conmueven tan profundamente que él también comienza a llorar (Juan 11:1-44).  Y en el evangelio de hoy- el cual raramente oímos porque a menudo se le adjunta a las lecturas de fiestas después de la pascua- Jesús se conmueve con compasión porque sabe que el hombre que murió era el único hijo de su madre viuda.

Podemos especular, por supuesto, que Jesús estaba particularmente entonado a ese tipo de dolor, ya que él era el hijo único de María- y asumimos que José ya había fallecido para entonces, ya que desaparece de la historia muy prontamente- y que sabía que su madre viuda pronto sabría también del terrible dolor de perder a su único hijo.

¿Puedes recordar momentos cuando el dolor de extraños literalmente te hizo sentir “con pasión” tan profundamente dolor en tus propias entrañas?  He experimentado la compasión muchas veces en mi vida, y cada vez me dejó lastimada, golpeada, y muy consciente de haber entrado en el roto corazón de Dios. 

¿Por qué no a todos nos sacan de la tumba?  Esa es la pregunta, por supuesto.  Pero las tres veces que Jesús resucito a alguien, el poder salió de él porque su corazón estaba roto.  Si tú quieres saber del poder sanador de Jesús, ven a él con un corazón roto y abatido.  Y ahí estará él, justo en tu propia presencia. 

¿Qué recuerdos tienes de la presencia de Dios durante un corazón roto?

Kathy McGovern ©2016 

Kathy McGovern © 2014-2015

Tiempo Ordinario - Ciclo C

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