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Doceavo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

Reflexionando sobre Mk. 4: 35-41

Algunos de los momentos más felices de mis recuerdos recientes han sido estas lluvias extravagantes y tormentas que han caído aquí en Colorado durante las últimas semanas.  ¿Existe algo más divino que estar metido cómodamente en la cama cuando los cielos se abren, y los truenos rugen, y los relámpagos convierten el cielo oscuro al brillante medio día, para luego oscurecerse de nuevo?

Es electrizante pararse en el porche y ver galones de agua caer en nuestro verde, verde pasto.  Los vecinos nos saludan y apuntan hacia el cielo.  La naturaleza es sensacional, ¿que no?

Hasta que deja de serlo.  Hasta que las inundaciones rugen por medio de los cañones en las montañas, o los huracanes rompen los diques, o las tormentas tropicales provocan deslizamientos de tierra bíblicos, o los huracanes desatan a los tsunamis que ahogan a decenas de miles de personas.

Los antepasados estaban en lo correcto.  El mar no es esa encantadora laguna domesticada a donde nos llevamos a la familia de vacaciones.  El mar es caos, es ira, y es sorprendentemente indiferente a los terrores que podamos sentir, por ejemplo, estando en un barco en Galilea cuando una tormenta violenta manda olas que azotan los lados.

Podemos pararnos en la seguridad de nuestros porches cubiertos y glorificar lo salvaje de la creación, pero un día nuestros propios sufrimientos mandarán un mar rugiente contra nosotros.  Cuando los tsunamis del dolor incontrolable, o el sufrimiento de una perdida, o la indignidad de una vejez solitaria arrasen como una ola amarga contra los lados de nuestros barcos, haremos lo que hicieron los discípulos.

Aclamaremos a El que conoce nuestro dolor.  El que participó en nuestro sufrimiento al experimentar el caos de la cruz, y por medio de eso, se convirtió en nuestro puerto seguro durante la tormenta, esa es la razón por la que sabemos con certeza que nada puede separarnos del amor de Dios.

¿En que maneras siente la cercanía de Dios en medio del miedo?

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Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! (Lucas 12:49)
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Kathy McGovern © 2014-2015

Tiempo Ordinario - Ciclo B

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