Monthly Archives: junio 2015

Domingo XIII de Tiempo Ordinario – Ciclo B

30 junio 2015

Reflexionando sobre Mark 5 21-43

¡Ah! Aquí va de nuevo.  Cada vez me sorprende hasta lo más profundo.  San Marcos nos da un recuento fascinante, repleto de mensajes ocultos, de la sanación de dos mujeres, la cual sucede minutos una de la otra.

Encuéntrese a usted mismo en alguna parte de esta historia.  Creo que es exactamente lo que Marcos deseaba.

Jesús quería quedarse junto al mar.  Pero el oficial de la sinagoga, aterrorizado con la enfermedad repentina de su hija, le rogó que cambiara sus planes.  Usted ha estado en esa situación ¿Verdad?  Usted ha permitido que su tiempo y sus planes sean cambiados en un instante por alguien que lo necesitaba.

Y tal vez usted también ha sido el familiar agitado, rogándole a Jesús que sane a su ser querido.  No existe un terror como ese de un padre con un hijo desesperadamente enfermo.  ¿Se ha visto en esa situación?

Y apuesto que usted también ha sido esa mujer con el derrame, agotada por una enfermedad crónica, desgastada de las interminables visitas a los médicos, todavía con dolor, todavía siendo una carga para sus seres queridos.  Tal vez sea ese fastidios dolor de espalda, o artritis, o esa vieja lastimadura que se hizo jugando futbol que hace que sus mañanas sean tan dolorosas.  Usted sabe lo que es anhelar la sanación.

¿Y a que no también ha sido el niño que sufre?  ¿No hubo alguna vez cuando usted se sentía miserable con alguna enfermedad y sus padres dejaron todo para llevarlo al doctor?  Nunca olvidaré ese dolor de oídos que me comenzó cuando estaba practicando las divisiones largas en el cuarto grado de primaria.  (Ambos recuerdos todavía me dan dolor de estomago.)  Zas, entro mi mamá en el salón.  Zas, llegamos al doctor y recibí esa bendita inyección, y ese bendito alivio.

Creo que Jesús, el Sanador, ha cambiado sus planes hoy, y viene en camino hacia usted.  Salga a recibirlo.

¿De que manera se presta para ser sanado?

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Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! (Lucas 12:49)
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Kathy McGovern © 2014-2015

Doceavo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

21 junio 2015

Reflexionando sobre Mk. 4: 35-41

Algunos de los momentos más felices de mis recuerdos recientes han sido estas lluvias extravagantes y tormentas que han caído aquí en Colorado durante las últimas semanas.  ¿Existe algo más divino que estar metido cómodamente en la cama cuando los cielos se abren, y los truenos rugen, y los relámpagos convierten el cielo oscuro al brillante medio día, para luego oscurecerse de nuevo?

Es electrizante pararse en el porche y ver galones de agua caer en nuestro verde, verde pasto.  Los vecinos nos saludan y apuntan hacia el cielo.  La naturaleza es sensacional, ¿que no?

Hasta que deja de serlo.  Hasta que las inundaciones rugen por medio de los cañones en las montañas, o los huracanes rompen los diques, o las tormentas tropicales provocan deslizamientos de tierra bíblicos, o los huracanes desatan a los tsunamis que ahogan a decenas de miles de personas.

Los antepasados estaban en lo correcto.  El mar no es esa encantadora laguna domesticada a donde nos llevamos a la familia de vacaciones.  El mar es caos, es ira, y es sorprendentemente indiferente a los terrores que podamos sentir, por ejemplo, estando en un barco en Galilea cuando una tormenta violenta manda olas que azotan los lados.

Podemos pararnos en la seguridad de nuestros porches cubiertos y glorificar lo salvaje de la creación, pero un día nuestros propios sufrimientos mandarán un mar rugiente contra nosotros.  Cuando los tsunamis del dolor incontrolable, o el sufrimiento de una perdida, o la indignidad de una vejez solitaria arrasen como una ola amarga contra los lados de nuestros barcos, haremos lo que hicieron los discípulos.

Aclamaremos a El que conoce nuestro dolor.  El que participó en nuestro sufrimiento al experimentar el caos de la cruz, y por medio de eso, se convirtió en nuestro puerto seguro durante la tormenta, esa es la razón por la que sabemos con certeza que nada puede separarnos del amor de Dios.

¿En que maneras siente la cercanía de Dios en medio del miedo?

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Kathy McGovern © 2014-2015

Onceavo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

15 junio 2015

Reflexionando sobre Mark 4:26-34

Así funciona en el Reino de Dios.  Cuando amanece, con el cantar de los pájaros y la luz brillante de la mañana, decimos “Gracias.”  Al medio día, revisando las cosas que debemos hacer (y dándonos cuenta de que tenemos salud para hacerlas), nos agachamos y decimos “Gracias.”  En la noche, cuando el aire fresco de las lluvias de la tarde nos refrescan a nosotros y a la tierra, levantamos nuestros corazones y decimos “Gracias.”

Y así pasan los años.  En la niñez, nos llenamos de admiración al ver un pollito romper el cascarón y salir del huevo, la hierba que sale de la tierra creciendo en dirección del sol, a lo delicioso de una alberca, el pasto mojado, y las nubes esponjosas que cuentan historias en el cielo.

Mientras vamos entrando en edad, nos hacemos socios con Dios en re-crear estos regalos.  Cuidamos mucho nuestras fuentes de alimento, siempre agradecidos, siempre conservadores.  Nos deleitamos con la belleza de la tierra.  Traemos niños a este mundo radiante, y plantamos nuestra propia semilla de agradecimiento en los corazones de ellos.

Y cuando llega la hora de nuestra muerte, nos apresuramos por el túnel que nos lleva a la Luz, recordando cada delicioso elote, cada noche aterciopelada de verano, cada beso dulce de un bebe, cada canción hermosa que hemos oído.  Y recordamos los rostros de todos nuestros amigos buenos y graciosos, y, si fuimos lo suficientemente bendecidos en esta vida- porque seguramente lo seremos en la próxima- recordaremos la inexpresable felicidad de estar en los brazos de nuestro ser amado.

Conforme nos sometemos a la Luz, nos derretimos en la calidez de ese océano interminable de amor que nos envuelve.  El fruto de nuestras vidas es un eternidad de asombro.

¿Cómo? No lo sabemos.  Pero todo comienza y termina con un “Gracias.”

¿Qué es la cosa más asombrosa de su vida en este momento?

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Kathy McGovern © 2014-2015

La Solemnidad Del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – Ciclo B

8 junio 2015

¿Suena mal decir que lo que yo más recuerdo de mi Primera Comunión fue lo que nos dieron de comer después?  Tengo muchas fotos de mi hermoso vestido, pero desearía que alguien hubiese tomado una foto de la excelente comida que tuvimos en la fiesta después de la misa. ¡Inolvidable!

Después de la misa, la hermana Vivian llevo a nuestra enorme clase de Primera Comunión a la cafetería de la escuela, la cual había sido mágicamente transformada con globos y hermosos manteles.  Habían pequeños vasitos de papel llenos de dulces de menta y nueces en cada lugar, panqueques y huevos revueltos, vasitos pequeñitos de jugo de naranja, y hasta tasitas con chocolate caliente.  ¡El Paraíso!

A decir verdad, recuerdo la comida que se sirvió durante todos los sacramentos que recibí en mi juventud.  Para el bautismo de mi hermanito menor tuvimos una fiesta en la cochera en la cual se sirvieron charolas con “sloppy Joes” (sándwiches de carne picada) y papitas, y el recuero mas bendito de la niñez: pastel de chocolate y helado hecho en casa.   Para mi confirmación hicieron espagueti con albóndigas, pan de ajo, pastelillos de chocolate y nieve y una bebida llamada “Shirly Temple” para los nuevos soldados en Cristo.

¿A que no le encantan los sacramentos?  Solamente de pensar en ellos me da hambre.

Espero que se sienta hambriento hoy durante esta gran celebración del Cuerpo y la Sangre de Cristo.  La Eucaristía es la madre de todos los sacramentos. ¿Y sabe qué?  Se basa en comida- Pan verdadero, Vino verdadero- que hacen que Cristo esté realmente presente.  Porque mi cuerpo es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida (Juan 6:55).

Yo lo supe a la edad de seis años cuando entré a esa hermosa cafetería con tantos padres orgullosos y  panqueques tan dulces.  Yo lo he sabido durante cada fiesta de cada sacramento en mi vida.

Todo se trata de la comida- verdadera comida que sustenta a gente verdadera, gente hambrienta de tener una relación con el Verdadero Jesús. 

Los sacramentos me dan hambre, pero así debe de ser.  ¡Feliz día de celebración, Iglesia!

¿Cuál es su recuerdo favorito de la comida que se sirvió durante una celebración sacramental?

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Kathy McGovern © 2014-2015