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Decimo Séptimo Domingo Ordinario – Ciclo A

Reflexionando sobre I Kings 3:5, 7-12

Está bien, compraste tu boleto de Powerball, y estás revisando los números. ¡Mira eso! Obtuviste dos de los números, espera, tres, no, cuatro, no, ¡cinco! Los latidos de tu corazón se aceleran mientras estás verificando esos últimos números tan importantes, y ¡Sí! ¡Tú has ganado el Powerball! ¡Todas tus preocupaciones se han terminado! ¡Eres un mega-millonario!

Y ahora te encuentras de pie con tu enorme cheque, el flash de las cámaras, los radiantes oficiales de la lotería, y finalmente te dirigen la pregunta con la que has estado soñando por años: ¿Qué piensa usted hacer con todo ese dinero?

Y he aquí tu respuesta: Deseo comprar un Corazón comprensivo para que pueda juzgar rectamente y distinguir entre el bien y el mal.

Buena respuesta. Un corazón comprensivo. Un corazón que escucha. ¿No es esa una perla de gran valor? No existe mayor amor que escuchar verdaderamente a alguien, no existe mayor regalo que ser escuchado verdaderamente. Salomón pudo haber pedido cualquier cosa, y el pidió precisamente eso. Una respuesta muy buena por cierto.

Piensa en las personas de tu vida que fueron capaces de hacer a un lado sus propias agendas y que en verdad, realmente te escuchan. Esa es la clase de personas que cambian vidas y sanan corazones.

Los padres de familia son esa clase de personas a quienes observo con los oídos finamente atentos. Debido a que ellos aman tanto a sus hijos, son capaces de escucharlos verdaderamente, de entenderlos. Todos necesitamos colocarnos ese tipo de oídos.

Los antiguos tenían una encantadora visión del funcionamiento del canal auditivo. Asumían que existían tubos que iban desde las orejas hasta el Corazón, por lo que uno realmente podía oír. Me gustaría tener esa cirugía para mis oídos, y te apuesto a que Jesús sabe cómo realizarla.

¿Cómo se encuentra tu sentido “auditivo”?

Inscríbete hoy mismo y únete a la conversación.

Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! (Lucas 12:49)

Traducido por: Sylvia Gould

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Kathy McGovern © 2014-2015

Tiempo Ordinario - Ciclo A

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