Monthly Archives: agosto 2013

Vigésimo Primer Domingo Ordinario – Ciclo C

24 agosto 2013

Reflexionando Sobre Isaiah 66: 18-31

Cuando Isaías profetizó que todas las naciones correrían hacia Jerusalén debido a su encuentro con el Dios de Israel, el  imaginaba una gran peregrinación de jubilosos recién convertidos llegando a la Ciudad Santa, por ser ese el lugar que Dios habitaba.

Recientemente conocí a una familia que me hizo recordar que donde hay amor ahí habita Dios. Hace varios años, la familia Stalling de Frisco, Colorado, hizo el discernimiento de que habían sido llamados a llevar el amor de Cristo a los más pobres de Uruguay.

Entonces comenzó La Heredad de los Huérfanos (Ver Proverbios 23:10, texto de la hermosa escritura que inspiro el trabajo de esta familia), una granja comprada expresamente para  el esparcimiento y la sanación de los niños que han quedado huérfanos a causa de los cada vez más frágiles lazos familiares en este, que es el país más secular de Sudamérica.

Fundada por la buena voluntad de un grupo pequeño de amigos, la familia Stallings compró  una Hermosa granja en un área rural del Uruguay. Después, empezaron a invitar a los huérfanos- y existen muchos huérfanos ahí debido a las estrictas reglas de adopción, a  la prostitución legalizada, y a una enorme disminución de parejas que se casan y permanecen juntas.

Los niños llegan escapándose de las tenciones y la soledad de la vida en el orfanato, y ahora, ¡vean como se encuentran allí! Nadan en una gran piscina. Montan a caballo y acarician a los cabritos. Reciben millones de abrazos de Cathy y de Gary, y de sus dos maravillosos hijos adolescentes Abi y Josh (quienes se adaptaron al ambiente y aprendieron el idioma incluso más rápido que sus padres).

Me encanta viajar a Israel para tocar los lugares en donde Cristo vivió. Pero mi espíritu se eleva cuando escucho historias como estas de jubilosos creyentes que están llevando a Cristo a los rincones más solitarios del corazón humano.

¿En dónde ves a Jesús vivo hoy?

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Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! (Lucas 12:49)

Traducido por: Sylvia Gould

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Kathy McGovern © 2014-2015

Vigésimo Domingo Ordinario – Ciclo C

18 agosto 2013

Reflexionando Sobre Jeremías 38: 4-6, 8-10.

Solía escuchar la radio todo el día, todos los días, cuando era una adolescente. Era tan fácil hacerlo entonces. El sintonizador nunca se movía, y podíamos escuchar la fabulosa música de los finales de los sesentas  hasta llegada la noche. ¡Gracias a los grandes avances tecnológicos no he podido descubrir cómo encontrar una estación en la radio de mi coche por décadas! Continuo presionando botones, pero lo único que consigo es esa  irritante estática.

Los profetas, por otro lado, encontraron las frecuencias de la radio de una manera tan brillante que de hecho pueden encontrar la voz de Dios en el sintonizador, y saben exactamente en donde colocarse para que la señal sea alta y clara. Jeremías, allá por el siglo sexto  A.C. estaba ya obteniendo la voz de Dios en estéreo, y el mensaje era inconfundible: dile al rey de Jerusalén que se someta a los babilonios, porque esta es la voluntad de Dios.

Que verdad tan inconveniente era esta. Lo odiaron por esto, y lo golpearon, metieron a la cárcel, y lo tiraron a una cisterna lodosa para que muriera de inanición en la cumbre de la hambruna provocada por el asedio de Babilonia la ciudad de la que había profetizado por tanto tiempo. Él tenía razón por supuesto. Aquellos que hablan en nombre de Dios siempre la tienen.

Todos queremos estar en el lado correcto de la historia.  Nos encantaría ser los que la gente dice “si le hubiera escuchado.” O tal vez somos nosotros los que necesitamos escuchar.

Tengo la sensación de que las palabras de los profetas están volviéndose altas y claras. Encienda su radio.

Ha sufrido persecución por decir la verdad?

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Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! (Lucas 12:49)

Traducido por: Sylvia Gould

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Kathy McGovern © 2014-2015

Décimo Noveno Domingo Ordinario – Ciclo C

15 agosto 2013

Reflexionando Sobre Luke 12: 32-48

Hay tantas cosas ocultas en la naturaleza. Tomemos como ejemplo a las abejas. A lo largo de los exquisitos meses de verano en que secretamente polinizan nuestros jardines y campos. Casi no me doy cuenta de su existencia, pero sin su silenciosa  labor, el mundo se acabaría.

Para mi es incluso más gracia derramada esos momentos de asombro en  los que las acciones ocultas de amor y caridad de las personas a mi alrededor son descubiertas que el ingenio de la naturaleza. Tuve uno de esos momentos asombrosos la semana pasada.

Mi amiga Rita enseña teología y sagrada escritura en la preparatoria Mullen en Denver. La he conocido por quince años. Y no fue hasta ayer que descubrí que tres noches por semana, hace las compras y prepara comida caliente para ochenta ancianos en el centro de la ciudad y que no cuentan con una residencia permanente. Ella y su esposo John transportan toda la comida desde su casa, algunas veces hacen un alto en Qdoba por una generosa donación de arroz. Finalmente, introducen toda la comida al lugar, la sirven con la ayuda de voluntarios- esos ángeles ocultos que nos rodean y que hacen el trabajo para el reino de Dios constantemente, año tras año, sin hacer alarde de ello—y calurosamente saludan y sirven a sus agradecidos invitados.

Rita, le pregunté, ¿de dónde proviene el dinero para todas las provisiones que se necesitan para alimentar a estas ochenta personas tres veces a la semana? Oh, me contestó, sale del cheque por mi trabajo  en la preparatoria Mullen.

¡Y esto lo ha realizado silenciosamente por quince años!

Tengo el presentimiento de que algún día Rita estará a cargo de todos los bienes de su Maestro. Oh, espera. Dado que los pobres se encuentran en el centro del corazón de Dios, Rita ya está a cargo de ello.

¿De qué manera oculta traes luz y gracia al mundo?

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Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! (Lucas 12:49)

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Kathy McGovern © 2014-2015

Décimo Octavo Domingo Ordinario – Ciclo C

5 agosto 2013

Reflexionando Sobre Luke 12: 13-21

Puesto que, el proyecto de verano- el cual es el mismo proyecto que he tenido por los veinticinco años que hemos vivido en nuestra casa- es organizar finalmente las miles de fotografías y cartas que he guardado a través de los años. Después de un mes de trabajo, finalmente traslade todas mis cosas de la cochera, al pórtico, y ahora, sí, finalmente a la sala.

No podemos comer en la mesa porque está cubierta con mis boletas de calificaciones del colegio. Uf. ¿Cómo es posible que hayan viajado conmigo todos estos años? Y por qué, me pregunto, ¿esta la foto de la familia del ayudante contratado en la lechería de mi padre colocada en el lugar donde debería estar el plato para la cena?

Sentimentalismo, decía Kafka, es prestar más atención a las cosas de las que Dios les da. Me estremezco al imaginar a la madre sin nombre de  esa foto antigua, de alguna manera entrar a nuestra sala hoy y ver la foto de su familia de hace cien años y decir: “¿Me estás tomando el pelo?” ¿ESTA foto es más importante para ti que tu vida presente? Ni yo he guardado esa foto, y eso que  en realidad se quien son esas personas”.

¿Y si esta misma noche me fuera arrebatada la vida? Se sin lugar a dudas que esa foto terminaría en el bote de reciclaje en un abrir y cerrar de ojos. Se limpiaría la mesa, y se colocaría junto a mi hermosa vajilla (la cual me trae tal alegría en mi vida real), y toda mi familia y mis amigos se reunirían alrededor de ella. ¡Cantaríamos, y reiríamos, y haríamos oración, y comeríamos! Y yo moriría en paz, al deshacerme finalmente de las cosas que nos impiden ser ricos a  la manera que es importante para Dios.

¿Qué tipo de “tesoros” almacenas que te impiden tener una felicidad verdadera?

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Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! (Lucas 12:49)

Traducido por: Sylvia Gould

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Kathy McGovern © 2014-2015

Décimo Séptimo Domingo Ordinario – Ciclo C

2 agosto 2013

Me encontré con este maravilloso conocimiento acerca de la oración en este mes de Danos Hoy, el devocional diario publicado por Liturgical Press. En la reflexión publicada para este fin de semana, la Hermana Miriam Pollard señala que la oración es dejar entrar a Dios, para que podamos nosotros mismos  ser la oración que ya somos.

Eso me encanta. Me hace preguntarme qué clase de oración soy yo, o que es usted. La oración que somos no es algo que inventamos a través de la disciplina y el ayuno. Es nuestro muy particular DNA de la oración, la tapicería especial de nuestra conexión individual con lo Divino. Es la información que un extraño consigue sobre nosotros sin que ninguno se percate de ello- esa innombrable gracia que emana de las personas que nos hacen sentir seguros en el amor de Dios.

Thomas Merton dijo alguna vez, “no hay forma de decir a la gente que caminan a nuestro alrededor brillando como el sol.” Lo entiendo ahora. No existe manera de describir el tipo de oración que son ellas, la oración que traen a nuestras vidas cuando estamos en su presencia.

Hace algunos años me encontré con una afligida viuda cuando planeabamos el funeral de su esposo. Nosotros elegimos los himnos y las lecturas, y eventualemnte le preguntamos si existía alguien en la parroquia que a ella le gustaría fuese el ministro extraordinario de la eucaristía durante la misa. Su respuesta fue iluminadora.

¿Conoce a la mujer que llega los domingos por la puerta lateral ayudando a su esposo en sillas de ruedas? ¿Podría preguntarle si le gustaría servir en el funeral de mi esposo?  Desconozco su nombre.”

¿Quien necesita nombres cuando nos reconocemos unos a otros por la oración que somos?

¿Cómo describiria la gente el tipo de oración que eres tu?

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Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! (Lucas 12:49)

Traducido por: Sylvia Gould

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Kathy McGovern © 2014-2015