Monthly Archives: junio 2013

Decimotercero Segundo Domingo Ordinario – Ciclo C

30 junio 2013

Reflexionando Sobre Luke 9: 51-62

Existe una teoría en ciertos círculos de que el nombre Nazir – separado- fue escogido deliberadamente por un grupo de judíos, que rastreaban a sus ancestros hasta el mismo Rey David, quien se estableció en una región veinte millas al sur del Mar de Galilea, unos cuantos años antes del nacimiento de Jesús. Nombraron a su pequeña ciudad Nazaret porque se creían que eran leales, escogidos, y que el Mesías descendería de su línea sanguínea.

Y claro que así lo hizo. Pero quizá Jesús era diferente de lo que ellos pensaban sería un Mesías. Los primeros evangelios (excepto el de Juan) revelan un error fundamental de la misión de Jesús en la parte de los miembros de su familia.

A la edad de doce años se quedó en Jerusalén después de la festividad de la Pascua mientras su familia salía de regreso a casa. Cuando sus ansiosos padres regresaron y lo encontraron en el Templo estaba asombrado que no supieran que tenía que atender las cosas de su Padre (Lc. 2,41-52)

Alrededor de los 30 años “dejó Nazaret e hizo su casa cerca del mar” (Mat. 4,13). El evangelio de Marcos cuenta sus muchos milagros ahí, y que sus parientes se disponían a aprenderlo, porque decían, “Él está loco” (3,21). Más tarde, en ese capítulo, cuando llegaron y pidieron verle, Jesús ve a la muchedumbre y dice, “Aquí está mi madre y mis hermanos. Cualquiera que haga la voluntad de Dios es mi hermano y mi hermana y mi madre” (3,34-35).

Y ahora, en el evangelio de hoy, le dice al joven hombre que deje su deber familiar más importante y que “deje que los muertos entierr3en a sus muertos”. Jesús inexorablemente nos sacude con su obsesivo deseo de que cada uno de nosotros vayamos al cielo. Su madre entiende eso a la perfección.

¿Qué es lo que estas dejando atrás para lograr entrar al Reino de Dios?

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Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! (Lucas 12:49)

Traducido por: Sylvia Gould

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Kathy McGovern © 2014-2015

Décimo Segundo Domingo Ordinario – Ciclo C

24 junio 2013

¿Quién dicen ustedes que soy yo? Nos gustaría responder a esa pregunta, ¿no es verdad? Hemos escuchado por mucho tiempo “querido amigo”, “adorado esposo”, “estimado miembro de familia”, y también “irremplazable, admiradísimo compañero de trabajo”. Y nada lastima más que el momento cuando la gente responde a esa pregunta sagrada con una lista de nuestras faltas. Nuestros pecados no definen quienes somos. Al menos, no para Dios.

¿Quién dices tú que son las personas de tu vida? Tengo amistades que me han sostenido cuando ya no podía levantarme, que me han cargado cuando no podía caminar. Y he aquí la gran verdad: una vez que alguien te ha amado en tu indefensión, él o ella será siempre todo para ti. No importará que sus hijos no vayan a la iglesia, que nunca hayan tenido  fotos digitalizadas para el álbum familiar, o  el que hayan  comprado comida para la cena de Navidad. Las personas que te sostienen durante las caídas en tu vida son todo para ti y tú les perteneces para siempre.

Lo más loco de todo es que las personas que nos ven en nuestra vulnerabilidad nos aman tanto como nosotros les amamos a ellas. Creo que se debe a que, en nuestra vaciedad, ellos la han llenado con el corazón destrozado de Dios. Convirtiéndolo así  en un lugar muy sagrado, ciertamente.

Jesús, el Dios hecho carne, ansia escuchar de sus amigos lo que piensan de él. Pero creo que lo que el realmente está buscando es, sus corazones, sus vidas, su esencia. ¿Quién dicen ustedes que soy yo? No fue hasta la resurrección, la ascensión y la venida del Espíritu Santo que finalmente lo descubrieron.

¿Quién digo yo que es él? El es el que me sostiene todos los días. Yo le pertenezco.

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Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! (Lucas 12:49)

Traducido por: Sylvia Gould

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Kathy McGovern © 2014-2015

Undécimo Primer Domingo Ordinario – Ciclo C

17 junio 2013

La semana pasada mi esposo Ben me invitó para que lo acompañara a la procesión de Corpus Cristi en la histórica iglesia de la Anunciación. Como algunos vecinos curiosos salían a observar la procesión, Ben (y yo con  actitud renuente, me remolcaba) se acercó a ellos y les preguntó si asistían a la iglesia en algún  lugar y de no ser así, si habían considerado la posibilidad de unirse a la parroquia Anunciación.

Fue una maravillosa, positiva experiencia hablar con las amables personas  y de buen corazón que nos dieron la bienvenida. Un hombre, sin embargo, nos impactó. El agitó su mano en dirección a un edificio de apartamentos en ruinas y dijo: “Observen a su alrededor”. La Iglesia Católica no se preocupa por los pobres.”

Miramos a nuestro alrededor, y nos percatamos de tres cosas. Por lo menos ocho casas del vecindario fueron renovadas en los 90’s por los socios de la iglesia de Anunciación con el fin de ayudar  a familias de bajos recursos  para que compraran sus propias casas. El departamento para la Vivienda Arquidiocesana financió los vecinos Apartamentos de Humboldt. Y el Laboratorio de Computación de la Hna. Mary Lucy Downey proporcionó el espacio para tutorías gratis después del colegio.

Esa “mujer pecadora” en el evangelio de hoy lo entendió muy bien. Si quieres mostrarle a alguien lo agradecido que estás por  haber sido perdonado, dale agua para que  asee, un beso para que salude, y aceite para ungir. Es decir, proporciona a las familias trabajadoras la manera de comprar sus propias casas, obtener apartamentos asequibles para aquellos que son pobres, y proporciona tutorías para después del colegio para los niños.

Las palabras de Pablo hoy, siempre sonaran ciertas. Entramos al cielo porque nuestra Fe en Jesús nos moldea para entrar al cielo. Pero es la diaria hospitalidad mostrada a aquellos que están sin hogar, pasando apuros, o que necesitan ayuda con su tarea de matemáticas, la que revela la profundidad de nuestro agradecimiento, que no somos más nosotros, sino Cristo quien vive en nosotros.

¿Qué actos de hospitalidad desempeñas para expresar tu gratitud hacia Dios?

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Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! (Lucas 12:49)

Traducido por: Sylvia Gould

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Kathy McGovern © 2014-2015

Décimo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C

10 junio 2013

Reflexionando Sobre I Kings 17: 17-24; Luke 7:11-17

El mes pasado leí un muy buen libro. Tres Semanas con mi Hermano, es una autobiografía amable y cautivadora escrita por Nicolás Sparks. La historia de su vida es mucho más desgarradora de lo que yo podría haber imaginado hubiese vivido el autor de La Libreta.

A la edad de 37 y 38 respectivamente, Nicolás y su hermano Micah hicieron un viaje alrededor del mundo. Las conversaciones que sostenían a menudo se convertían  en recuerdos de su niñez.

Mientras crecían en un ambiente de pobreza con una hermana y padres extremadamente disfuncionales, Nicolás y Micah permanecían fieles a su fe católica en sus primeros años de vida adulta, pero las muchas tragedias que sufrieron les llevaron a dos conclusiones sobre la habilidad de Dios (o disposición) para responder a la oración. Escuchando las lecturas de hoy, nos conduce a las mismas preguntas.

¿Por que permitió Dios que el único hijo de la viuda de Sarepta muriera, y después fuera resucitado por Elías? Debio haber muchas familias dolientes en Israel, pero el único hijo de la viuda de Naím, Jesús lo resucita y lo devuelve a su madre.

Creo que Dios quiere que nos involucremos en el misterio. El creador de Milagros más allá de nuestra galaxia desea que pidamos para ser sanados, que oremos también por la sanación de otros. A algunos se les dará unos años más, y algunos otros irán a Dios mucho mas pronto de lo que realmente deseamos. La Piedad de Miguel Ángel personifica al mismo Jesús, el único hijo de su madre viuda, en los brazos de su madre después de la crucifixión. Dios no le libró de la cruz.

Sin embargo, la tumba vacía permanece como testigo eterno de que Dios tiene completo poder sobre la muerte. Vivimos como siervos del Dios que desea  que nos acerquemos aun más a el.

¿De que manera te “involucras” con Dios?

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Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! (Lucas 12:49)

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Kathy McGovern © 2014-2015

Solemnidad de la Santísima Sangre y Cuerpo de Cristo – Ciclo C

2 junio 2013

Reflexionando Sobre I Corinthians 11:23-26

La Sagrada Escritura es infinitamente fascinante y nunca antes más que hoy,  como nos lo muestra la lectura de la primera carta de Pablo a los Corintios (11, 23-26). Algunos de los pasajes que leemos en domingo  deberían ser acompañados por el sonido de trompetas, alertándonos de que será leído algo de importancia única para nuestra fe. Este es uno de ellos, ya que es uno de los fragmentos más antiguos de la tradición litúrgica cristiana preservados en el Antiguo Testamento.

Así que, considera esto: He aquí a Pablo, que NO era uno de los doce, que NO estuvo presente en la Ultima Cena, “entregando” a la iglesia infante de Corintio lo que Jesús dijo la noche antes de morir. ¿Como podia saber Pablo todo esto? El no estaba ahí, y con todo, no da un recuento sobre la institución de la Eucaristía. Y aquí esta lo realmente interesante: el evangelio de Lucas, escrito veinte años mas tarde, nos da exactamente las mismas frases (22,19-20).

¿Cual es la conexión? Creo que se encuentra en una oración fácilmente omitida en los Hechos de los Apóstoles (11,19), indicando que el verdadero testigo de lo dicho por Jesús viajó a Antioquia inmediatamente después de Pentecostés.

En algún momento Pablo también se traslada a Antioquia, para vivir ahí, por muchos años, con los más devotos cristianos. Pienso que el aprendió las palabras pronunciadas por Jesús sobre el Pan y el Cáliz de aquellos cristianos en Antioquia, quienes ya celebraban la Eucaristía mucho antes que Pablo llegara.

San Lucas, miembro de esa comunidad llena de fe, una generación mas tarde, nos da las mismas exactas palabras porque estas ERAN las mismas exactas palabras, fielmente recordadas por aquellos que verdaderamente estuvieron presentes ese día con Jesus. De vez en cuando, la escritura nos lleva directamente a la sala de los más antiguos cristianos para escuchar sus relatos.

¿Cuáles son tus primeros recuerdos sobre la Eucaristía?

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Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! (Lucas 12:49)

Traducido por: Sylvia Gould

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Kathy McGovern © 2014-2015