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Décimo Primer Domingo del Tiempo Ordinario

Reflexionando Sobre Lucas 7:36-8:3

Tengo un montón de historias sobre lo que bien que nos sentimos al ser perdonados. Dejen y les cuenta la más reciente:

Una amarga tarde de enero andaba muy apresurada en salir a un retiro de fin de semana, el lugar quedaba a unas setenta millas de distancia, se había hecho tarde y como suele suceder había guardado mis materiales del retiro en la cajuela junto con las llaves del coche para que no se me fueran a olvidar.

¡Que coraje!!! se hacía aún más tarde, más oscuro y por supuesto más frío. Usé el segundo coche y fui al Safeway donde trabaja mi esposo, ¡Corre, dame tus llaves! No tengo tiempo para explicaciones; al salir me pareció escuchar que decía: ¡No me vayas a dejar afuera!

No fue hasta varias horas después, cuando me acomodaba en mi cama en la casa de retiro, que me di cuenta que había hecho exactamente eso, dejé las llaves de Ben adentro de la casa y usé las mías para cerrar con seguro. Para completar, ninguno de los dos teníamos celular.

Así que me tiré de la cama y me fui de regreso a casa, fue una noche oscura y aún más los negros caminos de las montañas de Colorado. En el camino iba imaginando  a Ben congelándose de frío en el garaje, o durmiendo en el sillón del vecino. He aquí el momento de perdón: caminé hacia la entrada y abrí la puerta (que estaba sin seguro) La casa estaba calientita gracias a la chimenea encendida y una voz somnolienta dijo: “Sabía que regresarías.”

Gracias a Dios por el escondite secreto para las llaves, y por todas las oportunidades que nos da la vida para crecer en el amor y agradecimiento que solo podemos conocer cuando nos dejan pasar nuestros errores.

Compartiendo la Palabra de Dios en el Hogar:

¿Qué historias puedes recordar sobre cómo otros te han perdonado?

Y TÚ ¿qué opinas sobre esta pregunta ó sobre las lecturas de hoy, ó sobre las columnas del año pasado? ¡Las conversaciones sagradas están encendiendo el fuego de Pentecostés!

Inscríbete hoy mismo y únete a la conversación.

Yo he venido para echar fuego sobre la tierra; y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! (Lucas 12:49)

Kathy McGovern ©2009-2010

Tiempo Ordinario - Ciclo C

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