La Ascensión del Señor – Ciclo B

12 mayo 2018

Reflexionando sobre Acts 1: 1-11

Veamos, Iglesia. Es hora de hacer nuestra novena anual de Pentecostés. Tal vez ya comenzaste la tuya el jueves pasado (durante la Ascensión oficial, la cual la mayoría de nosotros ahora celebramos durante el domingo antes de Pentecostés). De cualquier modo, ahora nos toca entregarnos en cuerpo y alma a orar por las necesidades de nuestras familias, nuestras ciudades, nuestro país y nuestro mundo. Comencemos orando por nuestras madres, las que viven y las que ya han fallecido.

Hablando de las madres, recordemos como María y los discípulos realizaron la primer novena de Pentecostés. Ellos permanecieron en Jerusalén durante los ocho días entre la Ascensión y el día de Pentecostés, orando para que el Espíritu descendiera sobre ellos. Después de aquel evento, la fortaleza para perseverar en la oración fue concedida a todos nosotros. Cada año se nos presentan más y más oportunidades para asociarnos con el Espíritu Santo y renovar la faz de la tierra.

¿Por qué cosas estás rogándole al cielo durante esta novena? Yo tenía mi lista muy bien hecha, toda concerniendo los problemas domésticos de violencia de armas, asistencia para aquellos que sufren de enfermedades mentales, la cultura degradante que derrocha la sexualidad la cual conduce a embarazos no deseados y luego al aborto. Proseguía con la lista de enfermedades por las cuales imploro haya cura y eso me llevó a buscar en google “las peores enfermedades del mundo.” Esa resulto ser una búsqueda muy nefasta, pero te la recomiendo si tu lista resulta ser demasiado corta.

Existen abusos a los derechos humanos alrededor del mundo que imploran justicia y alivio. Esta solo es una lista para principiantes. Búscate un compañero de oración y golpeen las puertas del cielo. Ora por el Reino de Dios, y por la gracia de lograr que ese reino venga a nosotros.

¿Cuáles tres cosas encabezarán tu lista de oraciones durante esta novena de Pentecostés?

Kathy McGovern ©2018

Kathy McGovern © 2014-2015

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Sexto Domingo de Pascua – Ciclo B

7 mayo 2018

Reflexionando sobre I John 4: 7-10

¿Alguna vez has tenido que esforzarte mucho para amar a los que no son “amorosos” en tu vida? Probablemente sea más realista admitir que en algunos momentos, en ciertos días, cualquiera de nosotros somos pocos amorosos. Esta carta de Juan el día de hoy nos brinda la energía que necesitamos para tener gracia y paciencia en aquellas situaciones que pueden ser tan difíciles. Es tan fácil.

Piensa por tan solo un momentito en todas las maneras en las que Dios te ha amado. Cuando te sientas tentado a decir algo desagradable, solamente recuerda las miles de ocasiones cuando  las personas se portaron más amablemente contigo de lo que realmente te merecías. Cuando quieres evitar contacto visual con aquel hablador compulsivo, recuerda la paciencia interminable que aquellos que te amaban tuvieron contigo durante tu irritante adolescencia.

A veces la manera más rápida de refrescarnos la memoria acerca de cuanto Dios nos ama es simplemente mirar por la ventana. ¡Ay caramba! Fíjate como cambió tu calle de la noche a la mañana. Los arboles que ayer estaban desnudos de repente se llenan de brotes verdes. Las florecitas rosas y blancas decoran los árboles de manzanas. Las flores de la primavera comienzan a asomarse de entre la tierra, y toda la creación canta de gozo con la nueva vida. Oh, sí. El amor de Dios jamás pasará desapercibido.

Pues, tal como dice la carta de Juan, ¡no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Dios nos amó a nosotros!   San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales, nos aconseja pongan atención. ¡Observen a su alrededor! ¡Respiren! Respiren el amor de Dios que les rodea, en su esposo dormido, sus hijos saludables, su salud restaurada, su trabajo significativo. Solamente respira lleno de gratitud, y de ahí vendrá la fuerza que fluye para ayudarte a amar a los demás. Es fácil.

¿Qué es lo que inmediatamente te viene a la mente cuando recuerdas el amor que Dios tiene hacia ti?

Kathy McGovern ©2018

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Quinto Domingo de Pascua – Ciclo B

28 abril 2018

Reflexionando sobre Acts 9: 26-31

Mi amiga Joni tenía una placa que colgaba encima de su chimenea y que decía: Señor, gracias por todo lo que sé hoy. Y perdóname por todo lo que pensaba saber ayer. Me acuerdo de Saúl, heredero de ciudadanía romana y perfecto descendiente de linaje judío, el fariseo que era hijo de un fariseo, echando fuego por la boca mientras que marchaba convencido de su rectitud hacia Damasco para arrestar a cualquier cristiano que ahí viviese.

He aquí un tipo que sabia lo que era correcto y lo que era incorrecto, quien estaba dentro y fuera. No había ningún otro perseguidor de la nueva iglesia tan fiero como él. Y a pesar de esto, cuando lo rodeo un resplandor de luz desde el cielo y lo tiró al suelo, tuvo la gracia de preguntar. -¿Quien eres tú?- Y escucho, -Soy Jesús, a quien persigues.-

Y eso fue todo. Toda la historia se ladeo en ese momento cuando Saúl, el trilingüe judío defensor de la Ortodoxia, ese que se sentía tan cómodo en las grandes ciudades como en las tierras baldías ignoradas, no incorporadas y sin ley del extenso imperio romano, le preguntó a Jesús por su identidad. Pasó el resto de su vida en sinagogas y cortes de la ley, en mercados gentiles y prisiones desoladas, contándole a todo el mundo que iba conociendo acerca de esa identidad. No existen records de el evento, pero podemos sentirnos seguros de que hasta a sus ejecutores les predicó acerca de Jesús mientras que se preparaban para darle con la espada en la cabeza.

Él lo arriesgó todo para que nosotros pudiésemos conocer a Jesús. Gracias, San Pablo. Nos has mostrado como admitir que a veces estamos equivocados.

¿Qué ejemplo puedes dar de haber tenido la humildad para admitir que estabas equivocado?

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Cuarto Domingo de Pascua – Ciclo B

21 abril 2018

Reflexionando sobre John 10: 11-18

Tengo otras ovejas que no pertenecen a este redil. ¿A que no le asientan bien a tu alma estas palabras?  Recuerdo esas noches angustiosas de mi juventud, cuando oraba por todos aquellos alrededor del mundo que morirían esa noche e irían al infierno porque nunca nadie les hablo de Jesús. A pesar de tener solo diez años yo ya sabía en ese lugar profundo y cálido donde habitan la gracia y la verdad en nuestros corazones, que Dios es mucho más grande que eso.

El documento Pastoral del Vaticano II Gaudium et Spes (La Iglesia en el Mundo Moderno) le pone palabras a nuestras intuiciones acerca de quienes podrían ser las ovejas en los pastizales de Jesús.

Deberíamos creer que el Espíritu Santo en alguna forma que solo Dios conoce le ofrece a todo el mundo la oportunidad de asociarse con su misterio Pascual. (22)

En el sexto libro clásico de Alegoría Cristiana de C.S. Lewis Las Crónicas de Narnia: La Travesía del Explorador del Amanecer- Que libro tan hermoso, mi favorito de los siete- el odioso e insufrible primo Eustace tiene un encuentro aterrador con un dragón, y es salvado por un León. Inmediatamente se siente mal acerca de su comportamiento en el pasado, y le pide a sus primos Lucy y Edmond que lo perdonen, y que le cuenten más acerca de este León (El Cristo) ¿Ustedes lo conocen? Les pregunta Eustace.

Sí, le contesta Edmond. Yo lo conozco. Pero él me conoce mejor a mí. Ah! qué tan hermoso. Dios está cerca de nosotros y nos conoce mejor de lo que lo podamos conocer a Él. Pero existe, desafortunadamente, una advertencia: Aunque el Señor está en lo alto, se fija en el hombre humilde, y de lejos reconoce al orgulloso.(Salmo 138:6)

¿Qué haces para que Dios no te reconozca desde lejos?

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Tercer Domingo de Pascua – Ciclo B

14 abril 2018

Reflexionando sobre Luke 24: 35-48

¿Cómo es que no me había dado cuenta de que las dos primeras lecturas del evangelio que escuchamos en las liturgias dominicales de la temporada Pascual-El domingo de la Divina Misericordia y el de hoy, el tercer domingo de Pascua- ambas cuentan de cómo Jesús le pide a sus discípulos que toquen sus heridas? La sección de la semana pasada era de Juan y contaba como Tomás necesitaba tocar las heridas de Jesús para poder realmente creer que él había resucitado de entre los muertos. La sección de esta semana de Lucas nos relata la aparición de Jesús a los Once, y como ellos quedan pasmados cuando Jesús los invita a tocar sus heridas.

“Tóquenme para que vean,” les dice, “y entonces les mostró sus manos y sus pies.” Al leer ambas hoy, siento tanta ternura hacia Jesús, El Crucificado. Aun ahora, resucitado y glorificado, su humanidad es aparente. ¿Será posible que Jesús el Resucitado esta todavía tan enamorado de nuestra naturaleza humana que desea que sus amigos compartan lo terrible de su experiencia? ¿Será posible que él, tal como todo ser humano que ha vivido, necesite que sus seres queridos toquen su dolor y realmente comprendan lo que sufrió?

Como siempre sucede con Jesús, pone patas arriba nuestro entendimiento acerca del sufrimiento. Tal vez NO es santo mantener nuestras heridas escondidas para no perturbar a la gente. Tal vez lo más santo sería decir, cuando nos encontramos desconsolados, “Ayúdame. Estoy herido. Acabo de romperme el brazo.” Y, por supuesto, el clamor mucho menos socialmente aceptable, “Ayúdame. Estoy herido. Alguien acaba de romperme el corazón.”

¿Y qué otra cosa nos enseño Jesús ese día? Nuestros amigos confían mucho más en nosotros cuando estamos dispuestos a mostrarles nuestras heridas.

 ¿Cuáles heridas que has mantenido escondidas necesitarás sacar a la luz del día?

Kathy McGovern ©2018

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Domingo de la Divina Misericordia – Ciclo B

10 abril 2018

Reflexionando sobre John 20: 19-31

Si batallas para comprender la veracidad de la resurrección, considera dos cosas. Primeramente, después de la resurrección, todos los DOCE (excluyendo a Judas) viajaron a los rincones más recónditos del mundo, llenos de verdadera convicción de que habían visto al Señor Resucitado. Cada uno de ellos sabía perfectamente bien lo que le esperaba, y aun así todos decidieron ir. Tal era la fe de aquellos que miraron morir a Jesús, y vieron la tumba vacía, y experimentaron la Divina Misericordia. La fe de la Resurrección nos transforma a todos.

Y la segunda cosa es quizás igualmente convincente. En las primeras comunidades cristianas, aquellos que tenían propiedades o viviendas las vendían, y las ganancias eran distribuidas entre ellos según la necesidad de cada uno. Imagínate eso.  Esos primeros cristianos CREÍAN TANTO en la resurrección que vendían sus pertenencias y compartían todas las cosas en común, esmerándose en cuidar a los necesitados. La fe de la Resurrección no busca nada más que amar.

Si observas a las mujeres y a los hombres en las comunidades religiosas verás esta fe del primer siglo. Imagínate como sería trabajar toda la semana para después poner tu pago en un fondo común. Cada uno saca del fondo solo lo que necesita, aunque por supuesto algunos miembros necesitarán más que otros, y así es como sobrevives, cada día por el resto de tu vida. La fe de la Resurrección es más fuerte que la muerte.

Quizá por esta razón fue que Tomas debió poner sus manos en las heridas de Cristo. Ya se sospechaba, al ver el gozo y la fuerza de aquellos que lo habían visto a Él, que su vida por siempre sería transformada si él creía. El simple hecho de tocar Sus heridas fue su boleto de entrada de primera clase a la comunidad de los martirizados. A la fe de la Resurrección eso no le preocupa.

¿Qué experiencia de Divina Misericordia has tenido este año?

Kathy McGovern ©2018

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Domingo de Pascua – Ciclo B

31 marzo 2018

Reflexionando sobre John 20: 1-9

Probablemente esta será la Pascua más inquietante que he tenido. El clima está tan extraño. Las balaceras en las escuelas ahora suceden a un índice de una vez por semana, y tal parece, que nosotros tal como la rana en el agua, nos hemos estado ajustando, ajustando, hasta que de repente nos encontraremos atrapados en una olla hirviendo de la cual ya no habrá escape.

Si existe alguna imagen que me levante el animo en este momento es esta: María Magdalena CORRIÓ a contarles a los demás que Jesús ya no estaba en la tumba. Imagínatela. No sabemos que edad tenia ella.

Puede que fuese una adolescente. Y apuesto a que sí lo era.

Todos hemos visto imágenes de adolescentes corriendo,  huyendo para salvar la vida cuando hay ataques en sus escuelas. Los hemos visto salir de sus escondites, formados en línea con sus brazos en el hombro del estudiante de enfrente, mientras que los policías armados cuidadosamente buscan al tirador entre ellos.

Y, que Dios nos ampare, hemos visto a los aterrorizados y agradecidos padres, corriendo a encontrarse con ellos, los brazos abiertos para recibir a sus bebés, desbordados de alegría de que sus hijos están a salvo, abrumados de dolor por los padres que no fueron tan afortunados.

Esas son nuestras imágenes del Viernes Santo. Pero permite que esta imagen de Pascua trabaje en ti. María Magdalena CORRIÓ de la tumba. CORRIÓ a encontrar a Pedro. Y ella sigue CORRIENDO.

Esta chica que se quedo valientemente al pie de la cruz fue la primer testigo de la resurrección y está CORRIENDO lo más rápido que puede en dirección tuya, gritando, ¡La tumba está vacía! ¡Corre conmigo! ¡Corre para cambiar los corazones de los que no lo quieren ver! ¡CORRE para cambiar las mentes de aquellos que no hablarán por Él!

CORRAN, ustedes Los Alegres. CORRAN.

¿Estás dispuesto a CORRER para proclamar la resurrección?

Kathy McGovern ©2018

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Domingo de Ramos de La Pasión de Nuestro Señor – Ciclo B

25 marzo 2018

Reflexionando sobre Mark 14: 1-15:47

¿Qué tanto sabía Jesús, y cuándo se dio cuenta de ello? Puede que esta pregunta nos atormente mientras que escuchamos las lecturas de la Pasión, y al meditar durante la Semana Santa. ¿Siempre supo que iba a morir?

Debió haber sabido cuando tuvo la transfiguración en el monte Tabor. Cuando Moisés y Elías se aparecieron entre las nubes, hablaron con él. Seguro entonces supo que su vida pronto llegaría a su fin.

Estoy segura de que ya sabia la noche de la Última Cena. Judas debe haberse estado comportando algo raro. Tal vez inclusive algunas personas de Jerusalén hubieron estado susurrando, lo suficientemente fuerte para que él pudiese oír, que alguien lo había traicionado. Cuando Jesús les dijo a los Doce que la hora de su muerte estaba cerca, el comportamiento de ellos debió haber confirmado lo que su corazón ya sabia.

Luego vino el arresto, y la noche en el calabozo de Caifás.  Después la sentencia de muerte, los terribles latigazos, y finalmente, la cruz. Marcos nos dice que sus últimas palabras fueron, “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado? Esta fue la peor parte. Nada es tan terrible como ver a nuestro Jesús llorando de desesperación, preguntándole a Dios que por qué lo había abandonado.

Y luego todo se completo. La última Pasión−que su padre le diera la espalda− finalmente concluyo. Si hubiese tenido el consuelo y la intimidad del Padre con él en la cruz, entonces no hubiese sido la cruz.

Tal vez podrá haber un momento este año cuando en tu hora mas profunda de tinieblas no podrás encontrar a Jesús. Recuerda entonces que Jesús también conoce esa soledad. Se te ha dado una parte en su cruz.

Pero igualmente en su resurrección.

¿Qué partes de la Pasión resuenan con alguna experiencia de tu propia vida?

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Quinto Domingo de Cuaresma – Ciclo B

25 marzo 2018

Reflexionando sobre John 12: 20-33

Todos nos aferramos a ciertas cosas. Nos aferramos a nuestras madres el primer día del kínder. Marcamos nuestra silla sagrada, o nuestra caja de crayolas, o la línea que marca la mitad de nuestros dormitorios cuando tenemos que compartirlos con algún hermano. Esto es mío. Tú no tienes permiso de tocarlo, o pedirlo prestado, o pisar más allá de esta raya.

El invierno deja su marca en nosotros. Nos apretamos más los abrigos, enredamos las bufandas un tanto más pegadas a nuestros cuellos. El viento sopla, los árboles desnudos son los silenciosos testigos de la muerte. La tierra, fría como el acero, se cierra y no ofrece ni la más mínima indicación del milagro que esta sucediendo justo bajo la superficie.

El grano de trigo también trata de aferrarse. Frio y escondido en la oscuridad, trata de mantener su color y su forma. El bebé, sano y salvo y calentito, se aferra al vientre. Pero, Ah, que vida tan maravillosa ha codificado el Diseñador-Maestro dentro de nosotros. El granito se rompe−¡una muerte dolorosa! El bebé sale del vientre de la madre−¡aterrador! Y luego llega la Gran Revelación: nunca fuimos diseñados para quedarnos como granos, o como niños en el vientre.

El quedarnos donde estamos no se acomoda al molde que Dios dispuso para que nosotros crezcamos y vivamos con abundancia. Ese granito de trigo no podrá alimentar al mundo si le permitimos aferrarse. Si las semillas no mueren, ni los pájaros ni los insectos ni los animales ni los humanos podremos vivir. Si el bebé permanece en el vientre, la madre y el niño morirán. El ADN que Dios grabó dentro de nosotros requiere que no nos aferremos para siempre. Él tiene planes mucho más grandes para nosotros.

Nos aferramos a esta vida porque es todo lo que conocemos. Aunque estación tras estación Dios nos cuente una historia diferente. Alista tu ropa de primavera. La resurrección está en marcha.

¿Qué cosas dentro de mí deberán morir para que yo pueda vivir más plenamente?

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Cuarto Domingo de Cuaresma – Ciclo B

10 marzo 2018

Reflexionando sobre John 3: 14-21

Es difícil leer esas palabras tan poderosas, tan emblemáticas, esas palabras de Jesús que cambian vidas y que se encuentran al principio del Evangelio de Juan, y no preguntarse cuantas miles de veces el gran Billy Graham llamó a la gente a pasar al altar después de leerles esas mismas palabras.

Podemos imaginarlo en su juventud y en su agraciada vejes, proclamando a los miles que se reunían en los estadios y a los otros tantos millones que lo veían por televisión, que Dios tanto amó al mundo que entregó a su hijo único, para que todo el que en él crea no muera sino que tenga vida eterna.

A mí me gusta usar el lenguaje de la Biblia versión King James (en inglés) para recitar ese famoso texto, en parte porque me imaginó que tan hermoso se oía en esa elocuente lengua.

Existen algunas teorías del por qué los Católicos amaban tanto a Billy Graham y se sentían tan a gusto con él.  Ciertamente había una cercanía por lo urgente del Evangelio. El nunca dudó de su amor absoluto por Cristo, y por su crucifixión. Los católicos comprendemos la historia a largo plazo. Hemos estado con Cristo desde el principio de la iglesia, en ese terrible Viernes Santo cuando, desde la Cruz, él nos entregó a su Madre, y nosotros a ella. Nosotros comprendemos lo que es mantenernos al pie del cañón.

En las buenas y en las malas, Billy Graham se mantuvo al pie del cañón para Cristo. Él vivió en la misma cultura que vivimos nosotros, pero él nunca quitó la vista del objetivo, el cual hoy ha logrado por la gracia de Dios: la vida en todo su esplendor a lado de Jesucristo.

En esta era de Nueva Evangelización, este gran león de Cristo nos muestra como ganar almas para el cielo. ¡Que gran bienvenida debe de haber recibido ahí la semana pasada!

 ¿En qué maneras estás ganando almas para el cielo?

Kathy McGovern ©2018

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