Segundo Domingo de Adviento – Ciclo B

11 diciembre 2018

Reflexionando sobre Bar. 5: 1-9

Vaya caravana migrante, esas decenas de millones de personas quienes, regocijándose de que han sido “recordados por Dios,” regresarán a Jerusalén “enaltecidos de gloria.” Veamos. Estarían los miles que fueron deportados de Israel por los asirios  (772 AC). Después de ellos vendrían los cientos de miles guiados a pie por sus enemigos fuera de Jerusalén por el rey Nabucodonosor  (597-587 AC). Luego, los millones que fueron expulsados, y a quienes se les negó la entrada a Jerusalén por los romanos (132 DC).

Y solamente hablamos de los hebreos, durante la corta ventana de tiempo entre la invasión asiria y la deportación final a manos de los romanos.  ¿Podríamos tan solo imaginarnos la cantidad de seres humanos quienes han sido echados de sus tierras, asaltados y desnudos, y obligados a comenzar de nuevo en una tierra extranjera rodeados de gente desconocida?

Así han sido las cosas en este mundo a través de la historia. La miseria y la perdida engendran miseria y perdida. En nuestros propios tiempos, el sufrimiento de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial llevó a la anexión de grandes porciones de tierra que los palestinos habían poseído por siglos. Los israelitas sacaron a los palestinos, y la culpabilidad colectiva que sentía el occidente por causa de las atrocidades del

Holocausto creó un espacio en donde la justicia para los palestinos fue atropellada por la necesidad de crear una patria para los judíos de Europa quienes fueron las victimas que sobrevivieron.

Todos esos refugiados algún día retornarán, dice el profeta Baruc. Se trata de muchas montañas que deberán ser allanadas, muchos cañones ancestrales que deberán ser rellenados. Es un trabajo enorme para cualquier creyente, la tarea gigantesca y profética de construir paz duradera en el mundo. Todo comienza y termina en Jerusalén.

¿Cuáles de tus propias perdidas serán restauradas cuando Jesús venga de nuevo lleno de gloria?

Kathy McGovern ©2018

Kathy McGovern © 2014-2015

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Primer Domingo de Adviento – Ciclo B

1 diciembre 2018

Reflexionando sobre Luke 21: 25-28, 34-36

El mundo moderno tiene muchas ventajas que no existían años atrás. Por ejemplo, la espera. Antes de que llegaran esos enormes cinemas a cada vecindario teníamos que comprar los boletos por adelantado, o esperar en largas filas para obtener un asiento en las estrenos de las películas. ¿Alguien recuerda a La Guerra de las Galaxias? ¿O que tal, más recientemente, el lanzamiento del libro más nuevo de Harry Potter?

Por otra parte, es bueno armarse de disciplina para obtener gratificación tardía en la vida. Por más doloroso que fuese, esperar el autobús, o que volviese nuestro programa televisivo favorito después de una larguísima pausa en el verano, el esperar formó en nosotros cierto carácter.

Ese carácter me viene siempre de gran uso, cuando tengo que esperar a que un medicamento funcione,  o esperar los resultados del medico.

Apuesto a que tú también pones a prueba ese carácter a diario. ¿Esperas poder bajar esos dolorosos kilos—te prometo que si los bajarás—o esperas noticias de un ser querido que esta desplegado, hospitalizado, o simplemente ausente de tu vida? Ese tipo de espera es realmente agonizante.

O tal vez tu larga espera se trate de vencer un resentimiento que te ha tenido preso por décadas. Mas probablemente, tu espera es para la sanación de un hijo que está en las garras de la depresión, o de algún vicio, o tiene problemas en la escuela. Esa es la espera más agonizante de todas.

Tengo una idea. Que tal si durante este Adviento, cada lector de esta columna alrededor del país orara por alguien más que está leyendo estas palabras en este momento? Vaya que esto si es esperar. No sabremos hasta que veamos a Jesús para quien estábamos orando o quien estaba orando por nosotros. ¿Listos? No puedo esperar.

¿Cómo quisieras que ese desconocido compañero de oración orase por ti?

Kathy McGovern ©2018

 

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Solemnidad de Cristo Rey – Ciclo B

27 noviembre 2018

Reflexionando sobre John 18: 33b-37

Existen momentos, o tal vez lugares, o quizás recuerdos, que cuando los traemos a la mente, nos llevan a un lugar de verdad profunda. Pilato tuvo uno de esos momentos. Tuvo en frente de él a este judío sereno e interesante. Tuvo el poder de crucificarlo, y este judío ni siquiera le rogó que le perdonara la vida. Tampoco se dispuso a defenderse.

¿Qué no eres tú el rey de los judíos? Gritó Pilato. Jesús miró a su alrededor, y entonces declaró lo obvio: Mi reino no es de este mundo.

Existen lugares que no pertenecen al reino de Jesús. Mi esposo recientemente visito Auschwitz, ese lugar que claramente está dominado por demonios. Todos los visitantes se quedaron atónitos ante la presencia del verdadero poder maligno. El reino de Jesús no se encuentra ahí.

Pero no nos detengamos aquí, ya que el reino de Jesús redimirá a todas esas muertes. Vamos a detenernos donde la verdad vive. Por ejemplo, el Papa Francisco dijo recientemente, “No puedes ser cristiano y al mismo tiempo antisemita.” ¿A que no te lleva esa verdad a un sitio fuera de este mundo, a un lugar, que digamos, se asemeja al reino de los cielos?

O tal vez fue un familiar valiente que te confrontó acerca de una adicción. ¿O fuiste tú, tal vez, quien tuvo que confrontar las mentiras de la adicción con la verdad?

O tal vez estuviste en la presencia de una persona con deseabilidades, y observaste con qué respeto y bondad fue tratada. Ahí está. Fácil de verlo. Está el reino de Dios. Entra en él.

Hay rastros del reino de Dios por todos lados a nuestro alrededor, repletos de valor y bondad. O, tal como lo escribió en gran C.S. Lewis, “Ya se esparció la voz para que el rey pueda llegar.”

Pero hasta este ese día…ah…el Adviento.

¿Dónde experimentas la paz profunda del reino de Dios?

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Trigésimo Tercer Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

17 noviembre 2018

Reflexionando sobre Mark 13: 24-32

El otro día estaba yo viendo las fotos que tengo en el teléfono. Se me había olvidado que le había tomado fotos al jardín urbano que teníamos en nuestro patio trasero el año pasado. Ahí, como en una pintura de naturaleza muerta, aparece el frio y deprimente enero. Y luego en la siguiente foto se abre otro mundo: el azadón y la plantación, y los hermosos surcos y surcos verdes de mayo. Y luego, con un solo clic, ahí estaban: miles de exuberantes y regordetes tomates, listos para ser cosechados, listos para ser llevados a su último destino: los bancos de comida de varias partes de la ciudad. Deliciosos.

Mi foto favorita es la del día antes de la gran helada del mes pasado. Los jardineros llegaron con sus canastas rebosantes y dejaron cientos de tomates verdes y rojos en nuestro porche, listos para llevárselos en cuanto tuviesen espacio en sus repletas camionetas.

Pero la más impresionante es la última foto. Tan solo una semana después de la helada, nuestro patio trasero se transformo de ser el Jardín del Edén a ser un pueblo fantasma de Halloween. Ya muertas, las pobres ramas se quejaban. Sin vida, las plantas sin hojas se agachaban a decir su triste adiós. Y ahí estaba todo, justo ahí, en el teléfono que he estado ignorando por años. La vida y la muerte al alcance de mis manos, cada vez que hago clic en “fotos.”

De eso siempre se ha tratado el 33o domingo. Se nos ordena que abramos nuestros corazones a la vida y a la muerte que cada uno cargamos muy adentro de ellos. Sí, ya se nos vino el invierno, y no sabemos ni el día ni la hora cuando veremos a Jesús.

Pero he aquí las buenas nuevas. Jesús es el Señor del verano y del invierno. Invitada o no, la muerte nos espera a todos. Nuestra tarea es plantar, cosechar, y esperar con gozosa esperanza.

¿En qué manera sostienes la vida y la muerte muy adentro de tu corazón?

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Trigésimo-Segundo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

13 noviembre 2018

Reflexionando sobre Mark 12: 38-44

Me encanta juntarme con gente que da todo lo que tiene, porque es donde encuentran su gozo. Me fascina ver a los abuelos cuando juegan con sus adorables nietecitos, sin importarles que podrían dislocarse las espalda al levantar a los bebés.

Me encanta ver a la gente haciendo los trabajos que les gustan. Las personas que conozco que tocan algún instrumento se la pasarían fácilmente tocando todo el día y toda la noche. La gente que es hospitalaria, que sabe hacer sentir cómodos a los extraños y bienvenidos a los amigos, recibirían invitados todos los días si ellos pudiesen.

A mí me encantaría escribir esta columna dos veces al día si los boletines de las iglesias publicaran así. Mi esposo Ben repararía el mofle de nuestro auto cada semana si por él fuera. Nos encanta hacer lo que nos hace feliz, y sospecho que la gente más triste son aquellos a quienes se les niegan los más básicos derechos humanos.

Recuerdo ese programa de los noventas llamado Mad About You, y que tan bien capturaba la esencia de los personajes principales. Pero yo no necesito un corte de pelo le decía el esposo a su súper energética esposa. Ya se, le contestaba ella pero yo de verdad necesito cortártelo.

Esa es la cosa que debemos recordar. A veces, realmente es mejor recibir que dar, por todo lo que eso significa para el dador.

Pienso en esa viuda del templo. ¿Dio su última monedita porque sentía que debía hacerlo para parecer justa delante de Dios? La gente que yo conozco da todo lo que tienen porque, para ellos, nada se asemeja a ese tipo de gozo. Espero que así se halla sentido ella.

¿Qué es lo que te encanta hacer porque te trae gozo?

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Trigésimo-Primer Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

10 noviembre 2018

Reflexionando sobre Mark 6: 2-6

 Pues bien, ya hemos celebrado a los santos, y durante todo este mes hemos recordado a todas las almas que se han ido con Dios. En un suspiro llegaremos al Adviento—El sagrado Adviento—y a la gloriosa—que suenen las trompetas—Navidad.

Por lo tanto, antes de que se nos escape todo esto, respiremos. Hemos estado sumergidos en el evangelio de Marcos durante todos estos meses. ¿De qué forma nos ha cambiado? Cada tres años nos vemos sumergidos en este evangelio que es el que está lleno de más urgencia, ya que fue escrito durante un tiempo cuando los que seguían EL CAMINO eran torturados y asesinados en formas terribles.

Si existe algún pasaje del Antiguo Testamento que capture la pasión de Marcos es, sin duda alguna, el que menciona Jesús hoy del libro de Deuteronomio. Nos suplica que amemos al Señor con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas.

Me encanta recordar a todos esos gigantes que celebramos el mes pasado. ¿Ha existido alguien en la historia que ame a Dios con todo su corazón más que San Francisco de Asís? ¿Ha habido otro mártir que ha entregado su alma y mente a Jesús más que San Ignacio de Antioquia?

Sin embargo es Santa Teresa de Ávila a quien tengo hoy en mi corazón.  Es tan conmovedor ver cuanto le aman los jóvenes de Ávila. “A Teresa de Lisieux le llamamos la Pequeña Flor,” te dirán orgullosos. “Pero nuestra Teresa es la Flor Grande.”

Un día en el monasterio se encontró con un hermoso niño. “ ¿Quién eres?” Le preguntó él. “Soy Teresa del Niño Jesús.  Y ¿Quién eres tú?” Su respuesta siempre me llena los ojos de lagrimas: “Yo soy El Niño Jesús de Teresa.”

Eso es lo que significa amar a Jesús con todas nuestras fuerzas. Ahora pon tu nombre ahí. Algún día Jesús te va llamar por tu nombre verdadero.

¿Cómo te hace más fuerte el amar a Jesús?

Kathy McGovern ©2018

 

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Trigésimo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

3 noviembre 2018

Reflexionando sobre Mark 10: 46-52 

Lo último que hace Jesús antes de hacer su entrada en Jerusalén (y eventualmente morir) es compadecerse del pobre ciego Bartimeo, quien lo llama mientras Jesús va de salida de Jericó. De hecho, este pordiosero se encuentra al lado del camino, lo que supongo significa que pide limosna a la gente que va saliendo de la ciudad.

Algunos en la multitud, quienes creen que son expertos conocedores del corazón de Jesús, le dicen que se largue. Jesús es demasiado importante para molestarse con él. Apuesto a que este ciego era muy conocido. La gente de Jericó probablemente lo había visto toda su vida. Probablemente era un fastidio, sentado a las puertas de la ciudad, pidiendo limosna, año tras año. Ahora el Maestro está de visita en la ciudad, y han hecho todo lo posible para darle una buena impresión, y justo cuando piensan que lo han logrado, ahí está el pobre ciego, llamando al Maestro.

¡Caramba! Nosotros cruzamos la calle para evitar encontrárnoslo, y ahí va a Jesús caminando directo hacia él! ¿Qué a nadie se le ocurrió sacarlo de las calles antes de que Jesús se fuera? Lo está arruinando todo.

Tengo un presentimiento que, justo como Bartimeo se colocó estratégicamente afuera de las puertas de la ciudad para tener mejor acceso a los viajeros (al menos a los que no había cansado a través de los años), Jesús también se puso en el punto exacto para tener acceso máximo al pordiosero. Por nada del mundo se lo quería perder. Ni a ti. Ni a mí.

¿En qué momentos de tu vida se ha colocado Jesús directamente en tu camino?

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Vigésimo-Noveno Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

20 octubre 2018

Reflexionando sobre Hebrews 4: 14-16

La película de 1983 Sin Ningún Rastro es una horrorizarte historia de un niño perdido. Los reporteros rodean a la madre histérica y le dicen “Sabemos como se siente en este momento, pero por favor trate de ser coherente.” Y la respuesta de ella es perfecta: “Si ustedes sintieran lo que yo siento estarían gritando en este momento.”

La lectura de la carta a los Hebreos me recuerda esto: “Pues nuestro Sumo sacerdote puede compadecerse de nuestra debilidad, porque él también estuvo sometido a las mismas pruebas que nosotros” (4:15).

Tenemos un Dios quien conoce todo lo que experimentamos. Imagínate el terror que sintió Jesús cuando los Romanos vinieron a llevárselo en el Jardín de Getsemaní. Imagínate ser traicionado con un beso. (No es tan difícil, me supongo, para aquellos que han sido engañados por sus conyugues.)

Imagínate ser detenido con cadenas por aquellos que quieren hacerte daño. (De la misma manera, esto será fácil para aquellos que sirven en ejércitos, o que han sido capturados por grupos como ISIS.)

Imagínate no poder escapar de alguien quien te lastima. (La gran cantidad de mujeres y hombres que están saliendo a la luz con sus historias durante estos momentos es suficiente prueba de que hay millones que se pueden identificar con esto.) Imagínate tener mucha sed (así como está sucediendo en el área de Florida). Imagínate ver a tu madre llorar mientras que tú mueres (como seguramente sucede en los lugares donde los prisioneros son ejecutados).

La crucifixión fue un escandalo en el mundo Griego-Romano, donde sus dioses intocables reinaban para siempre sobre los cielos, los mares, y hasta en los infiernos. El hecho de que estos judíos alabaran a un Dios quien había sido despiadadamente clavado a un tronco de árbol era incomprensible para ellos. ¿Quién necesita un Dios como él?  Nosotros lo necesitamos.

¿Qué sufrimiento en tu vida es similar a algún sufrimiento de Jesús?

Kathy McGovern ©2018

 

 

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Vigésimo-octavo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

15 octubre 2018

Reflexionando sobre Mark 10: 17-30

¿Qué es lo que ocasiona que un bebé  pequeñito deje de aferrarse al vientre y finalmente se rinda? Pues tiene que ver con las células inmunológicas las cuales, después de terminar su trabajo de limpiar los pulmones, se desplazan hasta la pared uterina, de donde se liberan químicos que estimulan la reacción inflamatoria que da comienzo al parto.

El bebé, después de 40 semanas de ser protegido por su mama, ahora debe rendirse ante el ritmo del útero que se contrae. Pronto este bebe será arrojado fuera del vientre a los brazos gozosos de sus padres, quienes seguirán protegiéndole todos los días de sus vidas.

Por supuesto que el bebé no lo sabe en ese momento.  Pero tendrá que hacer el acto heroico de nacer, ya sea que confíe o no. Y la muerte es lo mismo.

Cada uno de nosotros tuvimos que, de alguna manera, reunir todo el valor para poder nacer, y cada uno de nosotros encontrará el valor para morir, estemos o no estemos listos para hacerlo. Seremos arrastrados de lo conocido hacia el Gran Incognoscible. Dios estará ahí para guiarnos.

El joven rico hizo todo lo correcto. Obedeció las leyes, y dio generosamente a los pobres. Pero no estaba listo para morir, y por eso no pudo vivir. Como el bebé en el vientre, todo lo que conocía y en lo que confiaba estaba justo ahí. Pero cuando comenzaron las contracciones, esas preguntas problemáticas que tenía que hacerle a Jesús para poder tener paz en lo referente a su futuro eterno, se resistió a las respuestas que recibió.

Pensó, “¡No! No me digas que debo abandonar todo lo que conozco y amo!” Así que se fue triste. Jesús se quedo triste también. Es tan difícil ayudarle a la gente a nacer.

¿A qué cosa te estás aferrando que de hecho sospechas te está manteniendo en cautiverio?

 

Kathy McGovern ©2018

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Vigesimoséptimo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

6 octubre 2018

Reflexionando sobre Genesis 2: 18-24

¿Qué no sería chévere si los hombres tuvieran una costilla menos que las mujeres? Podríamos pensar en eso cada vez que nos atascamos en la escritura, cuestionándonos qué cosas tomar literalmente y que cosas no.  ¡Qué alivio! ¡Podemos confiar en la biblia porque Génesis dice que Dios le quitó una costilla a Adán y la usó para formar a Eva!

Que lastima, ya que excepto en casos de enfermedad, tanto los hombres como las mujeres tienen doce pares de costillas, y así damos fin a esa teoría. Pero por supuesto que el escritor sagrado no nos estaba enseñando anatomía, sino que nos daba un curso de nivel maestría acerca de la sabiduría de Dios al crear al hombre y la mujer uno para el otro, conectándolos justo por debajo del corazón. Encantador.

Pero también hay algunos momentos fascinantes en Génesis que nos hacen sacudir la cabeza con asombro. Por ejemplo ¿Cómo sabía este escritor antiguo que las serpientes solían tener patas? Es cierto. Hace más de cien millones de años las serpientes podían caminar Y TAMBIÉN deslizarse.  En algún momento perdieron las patas, pero con certeza eso fue muchos millones de años antes de que el autor de Génesis (quien escribió apenas hace 3,000 años) recordó a Dios diciéndole a la hipócrita serpiente, “Por esto que has hecho… de panza te arrastrarás” (3:14).

Las gentes de la antigüedad vivían mucho más sintonizadas con el mundo natural de lo que vivimos hoy en día. Posiblemente una serpiente muerta se prestaba a investigaciones fascinantes. Tal vez los diminutos vestigios de patas (llamadas espolones) los llevaron a concluir esto, que en el Jardín del Edén, las serpientes tenían patas. Fascinante. Y desagradable.

Los primeros once capítulos de Génesis nos muestran el Jardín, la Caída, y la Gran Inundación. Desde el comienzo, Dios nos atrae con historias que son más eternas que cualquier ciencia.

¿Cuál eia favorita del libro de Génesis?

Kathy McGovern ©2018s tu histor

 

 

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