Vigésimo-Noveno Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

20 octubre 2018

Reflexionando sobre Hebrews 4: 14-16

La película de 1983 Sin Ningún Rastro es una horrorizarte historia de un niño perdido. Los reporteros rodean a la madre histérica y le dicen “Sabemos como se siente en este momento, pero por favor trate de ser coherente.” Y la respuesta de ella es perfecta: “Si ustedes sintieran lo que yo siento estarían gritando en este momento.”

La lectura de la carta a los Hebreos me recuerda esto: “Pues nuestro Sumo sacerdote puede compadecerse de nuestra debilidad, porque él también estuvo sometido a las mismas pruebas que nosotros” (4:15).

Tenemos un Dios quien conoce todo lo que experimentamos. Imagínate el terror que sintió Jesús cuando los Romanos vinieron a llevárselo en el Jardín de Getsemaní. Imagínate ser traicionado con un beso. (No es tan difícil, me supongo, para aquellos que han sido engañados por sus conyugues.)

Imagínate ser detenido con cadenas por aquellos que quieren hacerte daño. (De la misma manera, esto será fácil para aquellos que sirven en ejércitos, o que han sido capturados por grupos como ISIS.)

Imagínate no poder escapar de alguien quien te lastima. (La gran cantidad de mujeres y hombres que están saliendo a la luz con sus historias durante estos momentos es suficiente prueba de que hay millones que se pueden identificar con esto.) Imagínate tener mucha sed (así como está sucediendo en el área de Florida). Imagínate ver a tu madre llorar mientras que tú mueres (como seguramente sucede en los lugares donde los prisioneros son ejecutados).

La crucifixión fue un escandalo en el mundo Griego-Romano, donde sus dioses intocables reinaban para siempre sobre los cielos, los mares, y hasta en los infiernos. El hecho de que estos judíos alabaran a un Dios quien había sido despiadadamente clavado a un tronco de árbol era incomprensible para ellos. ¿Quién necesita un Dios como él?  Nosotros lo necesitamos.

¿Qué sufrimiento en tu vida es similar a algún sufrimiento de Jesús?

Kathy McGovern ©2018

 

 

Kathy McGovern © 2014-2015

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Vigésimo-octavo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

15 octubre 2018

Reflexionando sobre Mark 10: 17-30

¿Qué es lo que ocasiona que un bebé  pequeñito deje de aferrarse al vientre y finalmente se rinda? Pues tiene que ver con las células inmunológicas las cuales, después de terminar su trabajo de limpiar los pulmones, se desplazan hasta la pared uterina, de donde se liberan químicos que estimulan la reacción inflamatoria que da comienzo al parto.

El bebé, después de 40 semanas de ser protegido por su mama, ahora debe rendirse ante el ritmo del útero que se contrae. Pronto este bebe será arrojado fuera del vientre a los brazos gozosos de sus padres, quienes seguirán protegiéndole todos los días de sus vidas.

Por supuesto que el bebé no lo sabe en ese momento.  Pero tendrá que hacer el acto heroico de nacer, ya sea que confíe o no. Y la muerte es lo mismo.

Cada uno de nosotros tuvimos que, de alguna manera, reunir todo el valor para poder nacer, y cada uno de nosotros encontrará el valor para morir, estemos o no estemos listos para hacerlo. Seremos arrastrados de lo conocido hacia el Gran Incognoscible. Dios estará ahí para guiarnos.

El joven rico hizo todo lo correcto. Obedeció las leyes, y dio generosamente a los pobres. Pero no estaba listo para morir, y por eso no pudo vivir. Como el bebé en el vientre, todo lo que conocía y en lo que confiaba estaba justo ahí. Pero cuando comenzaron las contracciones, esas preguntas problemáticas que tenía que hacerle a Jesús para poder tener paz en lo referente a su futuro eterno, se resistió a las respuestas que recibió.

Pensó, “¡No! No me digas que debo abandonar todo lo que conozco y amo!” Así que se fue triste. Jesús se quedo triste también. Es tan difícil ayudarle a la gente a nacer.

¿A qué cosa te estás aferrando que de hecho sospechas te está manteniendo en cautiverio?

 

Kathy McGovern ©2018

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Vigesimoséptimo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

6 octubre 2018

Reflexionando sobre Genesis 2: 18-24

¿Qué no sería chévere si los hombres tuvieran una costilla menos que las mujeres? Podríamos pensar en eso cada vez que nos atascamos en la escritura, cuestionándonos qué cosas tomar literalmente y que cosas no.  ¡Qué alivio! ¡Podemos confiar en la biblia porque Génesis dice que Dios le quitó una costilla a Adán y la usó para formar a Eva!

Que lastima, ya que excepto en casos de enfermedad, tanto los hombres como las mujeres tienen doce pares de costillas, y así damos fin a esa teoría. Pero por supuesto que el escritor sagrado no nos estaba enseñando anatomía, sino que nos daba un curso de nivel maestría acerca de la sabiduría de Dios al crear al hombre y la mujer uno para el otro, conectándolos justo por debajo del corazón. Encantador.

Pero también hay algunos momentos fascinantes en Génesis que nos hacen sacudir la cabeza con asombro. Por ejemplo ¿Cómo sabía este escritor antiguo que las serpientes solían tener patas? Es cierto. Hace más de cien millones de años las serpientes podían caminar Y TAMBIÉN deslizarse.  En algún momento perdieron las patas, pero con certeza eso fue muchos millones de años antes de que el autor de Génesis (quien escribió apenas hace 3,000 años) recordó a Dios diciéndole a la hipócrita serpiente, “Por esto que has hecho… de panza te arrastrarás” (3:14).

Las gentes de la antigüedad vivían mucho más sintonizadas con el mundo natural de lo que vivimos hoy en día. Posiblemente una serpiente muerta se prestaba a investigaciones fascinantes. Tal vez los diminutos vestigios de patas (llamadas espolones) los llevaron a concluir esto, que en el Jardín del Edén, las serpientes tenían patas. Fascinante. Y desagradable.

Los primeros once capítulos de Génesis nos muestran el Jardín, la Caída, y la Gran Inundación. Desde el comienzo, Dios nos atrae con historias que son más eternas que cualquier ciencia.

¿Cuál eia favorita del libro de Génesis?

Kathy McGovern ©2018s tu histor

 

 

Kathy McGovern © 2014-2015

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Vigésimo-sexto Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

2 octubre 2018

Reflexionando sobre Mark 9: 38-43, 45, 47-48

Últimamente he estado pensando en que tipo de cirugía radical podría yo necesitar para ser una persona más feliz. ¿Será posible que por fin deba admitir que simplemente no tengo ningún poder para resistirme a las papitas? Me han llevado a pecar demasiadas veces. ¿Por qué no mejor las arrojo a los fuegos de Gehena y me olvido de ellas para siempre?

Tengo tantas fallas de carácter y estoy convencida de que sería mucho más feliz sin ellas. En lugar de arreglármelas para convivir con ellas, ¿por qué no las dejo pasar hambre hasta que se marchiten y mueran una muerte piadosa? Imagina como sería liberarnos de los pecados que nos hacen la vida miserable. Imagina poder simplemente cortarlos de nuestras vidas. Mis ofensas, ciertamente las conozco, dice el salmista.

Bueno, he ahí la mitad de la batalla.

Sospecho que si llegamos a vivir lo suficiente tendremos la oportunidad de repasar cada acto egoísta, cada conversación chismosa, cada estilo de vida desenfrenado. Ese es un regalo, vivir lo suficiente para poder verdaderamente conocer nuestros pecados, y para luego darnos cuenta de cuantas veces nos han perdonado las personas que nos rodean a través de los años, sin que nosotros siquiera lo sepamos.

Sería muy útil si el pecado causara un dolor así como una picadura de abeja. Inmediatamente nos ahuyentaríamos a ese pecado, y nos aplicaríamos un ungüento curativo. Mas el pecado al principio consuela y al final duele. Las mentiras son descubiertas, los desfalcos salen a la luz. Tal como vemos en este momento atroz para la iglesia, lo que pudo haber parecido un mal menor—el mantener el pecado escondido con el fin de no causar escándalos—se ha convertido en el propio pecado.

Quizá no exista tal cosa como la moderación. Tal vez lo que debemos hacer es extirpar los pecados que de cualquier forma ya nos están matando.

¿Cuál falla de carácter estás dispuesto a tirar por la borda para poder ser más feliz?

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Vigésimo-quinto Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

22 septiembre 2018

Reflexionando sobre Mark 9: 36-37

Era aún más peligroso ser niño en el mudo antiguo de lo que lo es hoy en día. El índice de mortalidad infantil era enorme, y si llegabas a tu primer cumpleaños todavía debías sobrevivir las tantas calamidades que afectan a los niños hasta el día de hoy. Acuérdate de tu niñez. ¿Cuáles accidentes o enfermedades pudieron haberte quitado la vida de no haber sido por la medicina moderna?

En tiempos de escases de alimentos los niños eran los últimos en ser alimentados—primero los niños, y finalmente las niñas. En algunas culturas del Medio Oriente, los niños eran sacrificados a los dioses para asegurar las buenas cosechas y la lluvia. Ese niñito a quien Jesús llamó a acercase a él ya había vencido las probabilidades un millón de veces.

Era lo bajo de la condición económica y social de los niños lo que Jesús señalaba a sus discípulos. He aquí este niño, tal parece que les dice. Véanlo bien. Cuando sirves a un niño, a mí me sirves. Esto debió ser incomprensible para aquellos que habían seguido a Jesús por cientos de quilómetros, a través de desiertos y lagos, atraídos por su carisma y calidez. Él tenía un estatus mucho más alto que un niño ¿qué no?

Si eres como yo, apuesto a que tienes amigos populares, atractivos, y exitosos. Al revisar mis propios “contactos,” tengo que admitir honestamente que no tengo amigos con condiciones mentales severas. No tengo amigos en la prisión o que vivan en la calle.

No es porque no he tenido tiempo de hacer amistades con este tipo de personas. De alguna manera he encontrado el tiempo, ciertamente, de cultivar las amistades que tengo. Fíjate en los que nunca te fijas. Dice Jesús. Ahí estoy yo, entre ellos.

¿En qué persona estás tratando de no fijarte?

Kathy McGovern ©2018 www.lahistoriayusted.com

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Vigésimo-cuarto Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

17 septiembre 2018

Reflexionando sobre Mark 8:35

Hace muchos años fui muy bendecida al obtener como mentora a una de las más conocidas músicas litúrgicas de nuestra región. Kathy Faulkner fue una leyenda en los años después del Consejo. Fue ella quien nos trajo una renovación en música de calidad a nuestra arquidiócesis, fue ella quien dio las conferencias litúrgicas, ella quien nunca perdió la energía o la pasión de entrenar músicos devotos y educados para alabar en la Iglesia.

A través de las tantas décadas la vi como incansablemente incorporaba música nueva, y nos deleitábamos al ver su intuitiva habilidad de encontrar el himno perfecto para la lectura de la escritura, año tras año tras año.

Ella y su esposo Tom, quien también es músico, hacían los ensayos en su casa vieja situada en una calle llena de árboles. Los sonidos vibrantes de las voces y los instrumentos, emocionantes para la nueva música litúrgica de los ochentas y noventas, flotaba por todo el vecindario.

Ya no existe esa casa vieja, y tampoco esos músicos jóvenes que cantaban alrededor de su piano. Hace muchos años que Kathy es viuda y ahora vive en una habitación pequeña de un asilo. Sus paredes están vacías, salvo un cuadrito enmarcado de una bendición Papal, y una cita bíblica: Busquen primero el reino de Dios.

El derrame cerebral no le afecto su recuerdo de mil himnos. Los coros de las iglesias que visitan el asilo se quedan perplejos de esta mujer en la primera fila, quien canta con toda su alma, y quien no necesita libros o letras para acompañar. Ella tiene la letra grabada en su corazón.

Pareciera como que lo perdió todo al haberle dado su vida a Jesús. Pero un instante en su alegre presencia le recuerda al visitante que fue al perder su vida como la encontró.

¿Qué invitación de Jesús te llama a tener una vida más alegre?

Kathy McGovern ©2018

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Vigésimo-tercer Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

8 septiembre 2018

Reflexionando sobre Mark 8: 27-35

¿Has notado que muchas de las personas que son sanadas en los evangelios tenían a alguien quien los amaba tanto que los llevaba al Sanador? No sabemos los nombres de aquellos que le llevaron a Jesús al hombre sordo, pero vamos a darles un vistazo. Imagínate que se dieron cuenta de que Jesús se encontraba en los alrededores. Llenos de urgencia, van en busca de este hombre al que aman y viajan—no sabemos que tan lejos o por cuanto tiempo—para encontrarlo. Una vez que se encuentran a corta distancia se las arreglan para empujar a su amigo hasta enfrente de la multitud. Ellos hicieron su parte. Amaron tanto a alguien que hicieron lo que fuera para llevárselo a Jesús.

Los evangelios están repletos de estos amigos anónimos. Solo un capitulo antes en el evangelio de Marcos leemos acerca de la gente que “se apresuraba por todas las afueras del país, trayéndole a los enfermos en camillas a dondequiera que él estuviese” (6:55). ¿No te recuerdan a esa gente tan generosa quienes usan sus veranos para viajar a Lourdes y así poder acompañar a aquellos que están en sillas de rueda a la gruta?

El recuento mas famoso de Marcos acerca de estos apasionados amigos es de unos que cargaron a su ser querido en una camilla para meterlo a la casa donde se encontraba Jesús, y quitaron el techo para bajarlo por ahí (2:1-12). ¡Ay! Espero que tú también tengas amigos que te amen tanto así. Yo se que yo sí los tengo.

No necesitamos leer los evangelios para ver este amor en acción. Mas de 40 millones de americanos—muchos de ellos también carentes de salud—se dedican a cuidar a sus seres queridos. Oh, Jesús encuéntralos en la multitud. Ellos necesitan hoy de tu toque sanador.

¿Qué amigo en tu vida necesita de tu tierno cuidado?

Kathy McGovern ©2018

Kathy McGovern © 2014-2015

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Vigésimo-Segundo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

2 septiembre 2018

Reflexionando sobre Mark 7: 1-8, 14-15, 21-23

La otra noche tuve unas horas de extraño e intenso dolor. Me puse a meditar y a orar para soportarlas. Y lo que me consoló, de alguna manera, fue el agachar mi cabeza cada vez que decía la palabra “Jesús.” Así lo aprendí siendo niña católica durante los años cincuentas, pero probablemente no lo había hecho desde entonces. Pero esa noche recordé la tradición, regresó a mí justo cuando más la necesitaba. Sentí que Jesús estaba justo a mi lado—por supuesto que lo estaba—y sentí cierta calidez a través de todo mi cuerpo, la cual permaneció ahí conmigo hasta que se me quitó el dolor.

Hace algunas semanas, cuando nuestros amigos sacerdotes de Juárez estuvieron aquí, me di cuenta de que ellos mantienen ciertas devociones que yo practicaba en mi juventud. Por ejemplo se persignan cuando pasa una ambulancia, o cuando pasan por un hospital. No había visto eso en décadas. Me pareció encantador.

Estoy agradecida de tener arraigados estos gestos sagrados en mi ADN. Me encanta cuando nos marcamos la cruz en la frente, en los labios, y en los corazones antes de leer el evangelio. Sí, sí quiero esas palabras en mi cabeza, en mis labios, y en mi corazón, y estos gestos me ayudan a pedirle eso a Dios.

En los tiempos de Jesús a los judíos se les imponía la gran carga de observar ritos de lavarse, de purificarse a sí mismos y a sus utensilios de comida antes de comer. Jesús nos advierte de no mostrar signos de devoción que tengan el propósito de esconder la avaricia o la amargura interna. No son los gestos en si lo que molestan a Jesús, sino el hecho de que estos hayan tomado el lugar de la verdadera fidelidad a Dios.

Me gusta ser católica. El cuerpo entero se emplea en la alabanza, la cual también emplea por supuesto, al corazón.

¿Cuáles “gestos sagrados” de la misa te gustan más?

Kathy McGovern ©2018

 

Kathy McGovern © 2014-2015

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Vigésimo-primer Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

2 septiembre 2018

Reflexionando sobre Joshua24: 1-2ª, 15-17, 18b

Elijan hoy a quien van a servir, le dijo Josué a esa multitud tan diversa que se juntó dentro en la frontera de la tierra prometida. Aparentemente esta advertencia, resonando desde el siglo 13 antes de Cristo fue ignorada por el antiguo cardenal Ted McCarrick, quien seguramente tuvo muchas oportunidades de reflexionar en este texto, que se nos presenta cada tres años en el domingo 21.

Y ciertamente fue cínicamente ignorada por los cientos de sacerdotes que ahora sabemos atacaron a más de mil menores entre los años 1940 y 2003 en la diócesis de Pensilvania.

Me hago esta pregunta, si yo, una mujer laica y maestra de escritura, ¿he contribuido a la cultura de encubrir a esta Iglesia que amo? ¿Hubiese yo defendido a un sacerdote, aun a costas de un niño, solo para conservar mi trabajo? Nunca, ni en la forma mas remota, me he visto en esa situación.

De cualquier modo, siento la necesidad de hacer penitencia. Esta es mi iglesia. Muchas de las atrocidades de abuso del clérigo ocurrieron durante mi vida—pero, afortunadamente casi ninguna desde que las nuevas leyes obligatorias de reportar hicieron efecto en el 2003. Al menos en escrito, probablemente lo peor está en el pasado.

Cada mes de agosto recibo los pagos de subscripción anual que me hacen de las parroquias quienes tan bondadosamente se suscriben a esta columna. Este año mandaré toda ese dinero a un grupo que trabaja con los sobrevivientes del abuso del clérigo. Con este gesto, me uniré a la iglesia universal en sacrificio y penitencia por las maldades hechas en el nombre de mi Señor Jesús.

¿Aunque tú no eres personalmente responsable, te unirás a las oraciones por las victimas?

Kathy McGovern ©2018 www.lahistoriayusted.com

Kathy McGovern © 2014-2015

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Vigésimo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

18 agosto 2018

Reflexionando sobre Ephesians 5: 15-20

Un domingo del otoño pasado llamé a mi amigo Dan Feiten, quien es probablemente la persona más ocupada que conozco, en un ataque de desesperación. Necesitaba saber el numero del Salmo que dice “Si escuchan hoy su voz,” y lo necesitaba saber rápidamente.  “ ¡Rápido! ¿Cuál es?” “Pues, es el 95, estoy seguro. Pero déjame revistar.” Y escucha esto: tomó su biblia que estaba al otro lado de su teléfono, a unas pulgadas de él, la cual estaba leyendo para prepararse para ir a misa en unos minutos.

Ese es exactamente el tipo de cristiano que San Pablo intentaba formar, una comunidad de discípulos intencionales, cristianos que se toman la Palabra tan a pecho que dedican su tiempo en conocerla.

Imagínate esto. Al despertar saludas a alguien de tu familia quien te dice, “ ¡Este es el día que ha hecho el Señor!” y tú le sonríes y contestas, “Sea nuestra alegría y nuestro gozo.”

Imagínate un mundo en donde toda persona esté tan plenamente formada en la Palabra que todos se saluden unos a otros, tal como San Pablo nos exhortaba, con salmos, himnos y canticos espirituales.

Imagínate que supieras las escrituras de memoria. Pero espera. ¡Sí te las sabes! ¿No lo crees? Termina estas líneas de himnodia católica*:

  1. No temas porque…    2. Aquí estoy, Señor, soy yo, Señor…    3. Gusten y vean…

Nosotros los católicos no nos damos suficiente crédito por sabernos las escrituras. La misa esta llena de escritura, desde el himno de abertura hasta la bendición final. ¡Ustedes pueden, mi gente! Se saben las escrituras. Las han estado cantando durante todas sus vidas.

¿Qué himno traes pegado al corazón este fin de semana?

Kathy McGovern ©2018

*Respuestas

***yo estoy contigo (inspirado en Isaías 41)

***habla porque tu siervo oye (Inspirado en 1 Samuel. 3)

***que bueno es el Señor (Salmo 34)

 

Kathy McGovern © 2014-2015

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