Solemnidad del Bautismo de Nuestro Senor – Ciclo C

12 enero 2019

Reflexionando sobre Luke 3: 15-16, 21-22

Fuimos a ver el musical “Querido Evan Hansen” el otoño pasado. El final es verdaderamente inspirador, aunque durante todo el show la audiencia sufre por Evan, quien padece de una ansiedad social tan terrible que se imagina a sí mismo saludando al mundo detrás de una ventana, sin ver ni oír a nadie nunca jamás.

Me recordó un incidente raro que me sucedió hace algunos años. Andaba caminando con mi perro por el vecindario, cuando por algún motivo volteé a ver la casa que acababa de pasar. Ahí, saludándome efusivamente por la ventana y gesticulando con la boca “feliz año nuevo,” estaban los adorables niños que vivían en esa casa.

Les regresé el saludo y seguí caminando, pensando en que coincidencia tan inusual había sido esa, que sin haberlos visto al pasar por su casa, se me ocurrió voltear en su dirección justo a tiempo para recibir ese cálido saludo.

Durante el bautismo de Jesús, los cielos se abrieron, y la voz del Padre se oyó, y el Espíritu Santo ciertamente apareció en forma de una paloma. Pero Lucas no nos dice quién vio a esa paloma, o quién oyó esa voz.  Sabemos que sucedió. ¿Pero aparte de Jesús (y el evangelista, quien fue inspirado por el Espíritu) quién tuvo ojos para ver y oídos para oír?

Si pudiésemos entrenar a nuestros ojos y oídos, apuesto a que nosotros también podríamos ver a los cielos abrirse, y oír a aquella voz del cielo que nos habla. Esta aparición de la Trinidad—el Hijo saliendo de las aguas, el Espíritu descansando como una paloma, y el Padre hablando desde los cielos—no fue un evento de una sola ocasión. Cristo está siempre con nosotros al morir y al resucitar y al vivir de nuevo, el Espíritu siempre nos señala hacia los caminos de paz, y el Padre siempre nos habla.

O poniéndolo de otro modo, el amor y el consuelo y la sabiduría siempre nos están saludando a través de las ventanas Divinas. Tómate un momento para voltear y darte cuenta.

¿Cómo te ha dado a conocer recientemente la presencia amorosa de Dios?

Kathy McGovern c. 2019

Kathy McGovern © 2014-2015

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Solemnidad de la Epifanía del Señor – Ciclo C

9 enero 2019

Estamos en la preciosa fiesta de la Epifanía. Es hora de encender una fantástica lucecita. ¡Oíste bien…se  trata de ti! Tú eres el que encenderá esa luz en tu familia, tu clase, tu parroquia, tu oficina, tu sitio de trabajo.

Pero observa bien a quien me refiero. ¡Tú ya lo sabías! Probablemente lo has sabido toda la vida, o al menos desde el día de tu confirmación, que tú eres aquel que trae la luz, el cual con su generosa y buena disposición hace que esta jornada peregrina sea mucho más fácil para otras personas.

St. Teresa of Calcutta nos suplicó que “fuéramos la expresión viviente de la bondad de Dios.”

Ese eres tú. Piensa en todas las caridades que pueden continuar su obra gracias a tu generosidad. Piensa en la buena enseñanza que has dado para educar a los niños en la fe. Piensa en las maneras que has consolado a los dolientes, y has visitado a los enfermos, y dado de comer a los hambrientos.

Piensa en tu presencia en la Misa, y la confianza que ella crea en la comunidad de tu parroquia. Piensa en las maneras que has orado por los enfermos y los moribundos. Piensa en las maneras que personalmente has acompañado a tus seres queridos durante su transición de la vida a la eternidad.

No lo puedes ver, pero tú eres tu propia constelación. No tienes idea de cuanta gente ha visto tu Estrella—tu calor, tu invitación amigable a la amistad, tu ayuda en tiempos de necesidad—y han sido íntimamente atraídos a Aquel que es Luz de Luz.

¿Acaso no es una gran bendición ser parte de la Constelación de Cristo? Cada oscuridad que se te presenta la transformas en luz. Tú eres el cometa luminoso de perdón, gozo, amistad, y esperanza.

¿Y qué dices del día en que tú y Jesús se vean cara a cara? Hazte a un lado Nova, y conoce a Súper Nova.

¿Cuál es la luz más grande que iluminas en el mundo?

Kathy McGovern ©2019

Kathy McGovern © 2014-2015

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Fiesta de la Sagrada Familia – Ciclo C

9 enero 2019

A mí me parece que esta es una fiesta dolorosa para muchos católicos. ¿Cuántos de nosotros tenemos esa clase de “sagrada” familia que hace años imaginábamos que existía (pero que de alguna forma nunca existió)?

Esa “sagrada” familia incluía una mamá, un papá, al menos algunos niños, ah sí, y todos iban felices a la iglesia los domingos.  Los chicos se casaban con otros católicos cuando crecían, y estas otras familias tenían niños que alegremente crecían en la fe.

De alguna forma pensamos que este modelo—aunque realmente a veces no era realista—resistiría todas las turbulencias de nuestras vidas. Por supuesto que no funcionaba así. ¿Acaso existe algún lector hoy que pueda decir que su familia ha seguido este camino a la perfección?

Conozco una parroquia que te rompería el corazón. Los esparcidos adultos quienes asisten a la primera misa del domingo son tan devotos y educados como cualquier otros feligreses que pudieras encontrar. Los del coro son los mismos que han cantando consistentemente juntos desde los años sesenta.

Son excelentes lectores y educadores religiosos. Se han graduado de la Escuela Bíblica Católica y de la Escuela de Catequesis. Han mantenido sus matrimonios amorosos y devotos por toda una vida. Sin embargo no hay ninguna familia que no tenga un hijo adulto en las calles, perdido entre la población vagabunda, por causa del azote de las drogas y el alcohol.

El suicidio es por lo menos un evento mensual ahí. Los abuelos lloran por sus nietos no bautizados, a quienes ellos están criando ya que sus propios hijos están perdidos.

Desde luego que estos son los ejemplos extremos del dolor que algunas familias católicas experimentan. El reto para la familia católica “promedio” es el confiar en que Dios está vivo y activo en las vidas de todos nuestros seres queridos, sin importar que tan “activa” sea su vida de fe.

¿Cuáles son los aspectos más sagrados y felices de tu familia?

Kathy McGovern ©2018

Kathy McGovern © 2014-2015

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Cuarto Domingo de Adviento – Ciclo C

22 diciembre 2018

Reflexionando sobre Luke 1: 39-45

Recibí una de esas hermosísimas plaquitas de adorno que dicen CREE de parte de una amiga mía el otro día. Se ve tan hermosa, rodeada de tarjetas navideñas, y al lado de nuestra corona de Adviento alumbrada con todas sus velas encendidas. Ya no se trata de una sugerencia, no lo creo. CREE es un mandato, una orden absoluta de todo nuestro ser. El CREER nos coloca justo junto a María misma, quien CREYÓ que la promesa del Señor sería cumplida.

El primer Domingo de Adviento decidimos orar por un lector desconocido de esta columna, reconociendo que otro lector desconocido estaría orando por nosotros. Si por algún motivo no leíste esa reflexión, no es demasiado tarde. Imagínate ahora mismo, imagínate a alguien por ahí quien está leyendo esto. Esa persona necesita de tus oraciones. Esa persona puede haber estado orando por ti durante las semanas de Adviento que han transcurrido.

CREE que tus oraciones por ese lector desconocido están llegando hasta el cielo en este mismo instante.

Pero volvamos a María, su salida inmediata de Nazaret para ir a pie las noventa millas hasta la casa de Isabel es realmente fascinante. Debe haber sido muy allegada a su prima.  ¿No te da la impresión de que estaba tan emocionada por oír sobre el embarazo de su prima anciana al igual de estar fascinada por anunciar su propio embarazo?

Me pregunto si iba practicando por el camino como le iba a explicar a su prima estas noticias tan impresionantes (y capaces de cambiar el rumbo de la historia). ¿Se sentía nerviosa al entrar en la casa? Cualquier temor que pudo haber sentido salió por la ventana en el instante que llegó, porque el Juan aun-no-nacido reconoció al Jesús aun-no-nacido y saltó de alegría.

A, y por cierto, ya jamás tendremos que preguntar de nuevo en que momento comienza la vida.

¿En qué forma has sentido las oraciones que ha estado haciendo aquel lector desconocido por ti?

Kathy McGovern ©2018

Kathy McGovern © 2014-2015

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Tercer Domingo de Adviento – Ciclo C

15 diciembre 2018

Reflexionando sobre Phil.4: 4-7

El deporte olímpico que yo practico es el de preocuparme. Soy la mejor que ha jugado este juego. En particular, lo que hace que yo sea tan versátil es que en el momento en que se resuelve una de mis preocupaciones, inmediatamente puedo saltar a la otra, y luego a la otra. Es una manera arrogante de vivir, si te pones a pensar.

Nunca me detengo a agradecer cuando una de mis preocupaciones se resuelve. Inmediatamente llamo a la que sigue en la fila y comienzo a masajearla, marinarla, ponerla a hervir en una mecha eternamente tibia. Busco todas las maneras posibles de cómo podrían salir las cosas fatalmente mal. Estoy convencida de que depende de mí el que los planetas se queden clavados en sus orbitas. Cuando voy en un avión y la turbulencia comienza a sacudirlo, creo inmediatamente que tengo que meterme a la cabina y tomar control del asunto.

No se preocupen por nada, nos dice Pablo. ¿Qué no es muy fácil para él decirlo? Bueno, veamos. Antes de que lo encarcelaran en Roma (donde fue escrita esta carta, más o menos en el año 62), Pablo había sufrido un naufragio, lo había mordido una serpiente, había sido apedreado, y abandonado a morir en las prisiones de Cesárea y Efesios. Después, el extremadamente inestable Emperador Nero de Roma comenzó su persecución de la naciente iglesia dos años después de que Pablo fue encarcelado ahí.

Un día—¿o quizá una noche?—los guaridas romanos sacaron a Pablo de su celda, y lo llevaron al lugar donde llevaban a cabo las decapitaciones.  ¿Acaso tembló de miedo en este momento? ¿Se había preocupado por su muerte durante todos los años antes de que le llegara el día?

Esto sí sabemos: cuando estaba encadenado en Roma, San Pablo nos exhortó a orar, y a dar gracias, a pedirle a Dios lo que necesitemos. Y después, nos prometió que la paz de Cristo nos protegerá. Te apuesto que a él lo protegió.

¿De qué manera la ansiedad me roba la paz?

Kathy McGovern ©2018

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Segundo Domingo de Adviento – Ciclo C

11 diciembre 2018

Reflexionando sobre Bar. 5: 1-9

Vaya caravana migrante, esas decenas de millones de personas quienes, regocijándose de que han sido “recordados por Dios,” regresarán a Jerusalén “enaltecidos de gloria.” Veamos. Estarían los miles que fueron deportados de Israel por los asirios  (772 AC). Después de ellos vendrían los cientos de miles guiados a pie por sus enemigos fuera de Jerusalén por el rey Nabucodonosor  (597-587 AC). Luego, los millones que fueron expulsados, y a quienes se les negó la entrada a Jerusalén por los romanos (132 DC).

Y solamente hablamos de los hebreos, durante la corta ventana de tiempo entre la invasión asiria y la deportación final a manos de los romanos.  ¿Podríamos tan solo imaginarnos la cantidad de seres humanos quienes han sido echados de sus tierras, asaltados y desnudos, y obligados a comenzar de nuevo en una tierra extranjera rodeados de gente desconocida?

Así han sido las cosas en este mundo a través de la historia. La miseria y la perdida engendran miseria y perdida. En nuestros propios tiempos, el sufrimiento de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial llevó a la anexión de grandes porciones de tierra que los palestinos habían poseído por siglos. Los israelitas sacaron a los palestinos, y la culpabilidad colectiva que sentía el occidente por causa de las atrocidades del

Holocausto creó un espacio en donde la justicia para los palestinos fue atropellada por la necesidad de crear una patria para los judíos de Europa quienes fueron las victimas que sobrevivieron.

Todos esos refugiados algún día retornarán, dice el profeta Baruc. Se trata de muchas montañas que deberán ser allanadas, muchos cañones ancestrales que deberán ser rellenados. Es un trabajo enorme para cualquier creyente, la tarea gigantesca y profética de construir paz duradera en el mundo. Todo comienza y termina en Jerusalén.

¿Cuáles de tus propias perdidas serán restauradas cuando Jesús venga de nuevo lleno de gloria?

Kathy McGovern ©2018

Kathy McGovern © 2014-2015

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Primer Domingo de Adviento – Ciclo C

1 diciembre 2018

Reflexionando sobre Luke 21: 25-28, 34-36

El mundo moderno tiene muchas ventajas que no existían años atrás. Por ejemplo, la espera. Antes de que llegaran esos enormes cinemas a cada vecindario teníamos que comprar los boletos por adelantado, o esperar en largas filas para obtener un asiento en las estrenos de las películas. ¿Alguien recuerda a La Guerra de las Galaxias? ¿O que tal, más recientemente, el lanzamiento del libro más nuevo de Harry Potter?

Por otra parte, es bueno armarse de disciplina para obtener gratificación tardía en la vida. Por más doloroso que fuese, esperar el autobús, o que volviese nuestro programa televisivo favorito después de una larguísima pausa en el verano, el esperar formó en nosotros cierto carácter.

Ese carácter me viene siempre de gran uso, cuando tengo que esperar a que un medicamento funcione,  o esperar los resultados del medico.

Apuesto a que tú también pones a prueba ese carácter a diario. ¿Esperas poder bajar esos dolorosos kilos—te prometo que si los bajarás—o esperas noticias de un ser querido que esta desplegado, hospitalizado, o simplemente ausente de tu vida? Ese tipo de espera es realmente agonizante.

O tal vez tu larga espera se trate de vencer un resentimiento que te ha tenido preso por décadas. Mas probablemente, tu espera es para la sanación de un hijo que está en las garras de la depresión, o de algún vicio, o tiene problemas en la escuela. Esa es la espera más agonizante de todas.

Tengo una idea. Que tal si durante este Adviento, cada lector de esta columna alrededor del país orara por alguien más que está leyendo estas palabras en este momento? Vaya que esto si es esperar. No sabremos hasta que veamos a Jesús para quien estábamos orando o quien estaba orando por nosotros. ¿Listos? No puedo esperar.

¿Cómo quisieras que ese desconocido compañero de oración orase por ti?

Kathy McGovern ©2018

 

Kathy McGovern © 2014-2015

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Solemnidad de Cristo Rey – Ciclo B

27 noviembre 2018

Reflexionando sobre John 18: 33b-37

Existen momentos, o tal vez lugares, o quizás recuerdos, que cuando los traemos a la mente, nos llevan a un lugar de verdad profunda. Pilato tuvo uno de esos momentos. Tuvo en frente de él a este judío sereno e interesante. Tuvo el poder de crucificarlo, y este judío ni siquiera le rogó que le perdonara la vida. Tampoco se dispuso a defenderse.

¿Qué no eres tú el rey de los judíos? Gritó Pilato. Jesús miró a su alrededor, y entonces declaró lo obvio: Mi reino no es de este mundo.

Existen lugares que no pertenecen al reino de Jesús. Mi esposo recientemente visito Auschwitz, ese lugar que claramente está dominado por demonios. Todos los visitantes se quedaron atónitos ante la presencia del verdadero poder maligno. El reino de Jesús no se encuentra ahí.

Pero no nos detengamos aquí, ya que el reino de Jesús redimirá a todas esas muertes. Vamos a detenernos donde la verdad vive. Por ejemplo, el Papa Francisco dijo recientemente, “No puedes ser cristiano y al mismo tiempo antisemita.” ¿A que no te lleva esa verdad a un sitio fuera de este mundo, a un lugar, que digamos, se asemeja al reino de los cielos?

O tal vez fue un familiar valiente que te confrontó acerca de una adicción. ¿O fuiste tú, tal vez, quien tuvo que confrontar las mentiras de la adicción con la verdad?

O tal vez estuviste en la presencia de una persona con deseabilidades, y observaste con qué respeto y bondad fue tratada. Ahí está. Fácil de verlo. Está el reino de Dios. Entra en él.

Hay rastros del reino de Dios por todos lados a nuestro alrededor, repletos de valor y bondad. O, tal como lo escribió en gran C.S. Lewis, “Ya se esparció la voz para que el rey pueda llegar.”

Pero hasta este ese día…ah…el Adviento.

¿Dónde experimentas la paz profunda del reino de Dios?

Kathy McGovern ©2018

Kathy McGovern © 2014-2015

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Trigésimo Tercer Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

17 noviembre 2018

Reflexionando sobre Mark 13: 24-32

El otro día estaba yo viendo las fotos que tengo en el teléfono. Se me había olvidado que le había tomado fotos al jardín urbano que teníamos en nuestro patio trasero el año pasado. Ahí, como en una pintura de naturaleza muerta, aparece el frio y deprimente enero. Y luego en la siguiente foto se abre otro mundo: el azadón y la plantación, y los hermosos surcos y surcos verdes de mayo. Y luego, con un solo clic, ahí estaban: miles de exuberantes y regordetes tomates, listos para ser cosechados, listos para ser llevados a su último destino: los bancos de comida de varias partes de la ciudad. Deliciosos.

Mi foto favorita es la del día antes de la gran helada del mes pasado. Los jardineros llegaron con sus canastas rebosantes y dejaron cientos de tomates verdes y rojos en nuestro porche, listos para llevárselos en cuanto tuviesen espacio en sus repletas camionetas.

Pero la más impresionante es la última foto. Tan solo una semana después de la helada, nuestro patio trasero se transformo de ser el Jardín del Edén a ser un pueblo fantasma de Halloween. Ya muertas, las pobres ramas se quejaban. Sin vida, las plantas sin hojas se agachaban a decir su triste adiós. Y ahí estaba todo, justo ahí, en el teléfono que he estado ignorando por años. La vida y la muerte al alcance de mis manos, cada vez que hago clic en “fotos.”

De eso siempre se ha tratado el 33o domingo. Se nos ordena que abramos nuestros corazones a la vida y a la muerte que cada uno cargamos muy adentro de ellos. Sí, ya se nos vino el invierno, y no sabemos ni el día ni la hora cuando veremos a Jesús.

Pero he aquí las buenas nuevas. Jesús es el Señor del verano y del invierno. Invitada o no, la muerte nos espera a todos. Nuestra tarea es plantar, cosechar, y esperar con gozosa esperanza.

¿En qué manera sostienes la vida y la muerte muy adentro de tu corazón?

Kathy McGovern ©2018

Kathy McGovern © 2014-2015

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Trigésimo-Segundo Domingo de Tiempo Ordinario – Ciclo B

13 noviembre 2018

Reflexionando sobre Mark 12: 38-44

Me encanta juntarme con gente que da todo lo que tiene, porque es donde encuentran su gozo. Me fascina ver a los abuelos cuando juegan con sus adorables nietecitos, sin importarles que podrían dislocarse las espalda al levantar a los bebés.

Me encanta ver a la gente haciendo los trabajos que les gustan. Las personas que conozco que tocan algún instrumento se la pasarían fácilmente tocando todo el día y toda la noche. La gente que es hospitalaria, que sabe hacer sentir cómodos a los extraños y bienvenidos a los amigos, recibirían invitados todos los días si ellos pudiesen.

A mí me encantaría escribir esta columna dos veces al día si los boletines de las iglesias publicaran así. Mi esposo Ben repararía el mofle de nuestro auto cada semana si por él fuera. Nos encanta hacer lo que nos hace feliz, y sospecho que la gente más triste son aquellos a quienes se les niegan los más básicos derechos humanos.

Recuerdo ese programa de los noventas llamado Mad About You, y que tan bien capturaba la esencia de los personajes principales. Pero yo no necesito un corte de pelo le decía el esposo a su súper energética esposa. Ya se, le contestaba ella pero yo de verdad necesito cortártelo.

Esa es la cosa que debemos recordar. A veces, realmente es mejor recibir que dar, por todo lo que eso significa para el dador.

Pienso en esa viuda del templo. ¿Dio su última monedita porque sentía que debía hacerlo para parecer justa delante de Dios? La gente que yo conozco da todo lo que tienen porque, para ellos, nada se asemeja a ese tipo de gozo. Espero que así se halla sentido ella.

¿Qué es lo que te encanta hacer porque te trae gozo?

Kathy McGovern ©2018

Kathy McGovern © 2014-2015

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